Un extraño haz de luz.


So we began to float
And drifted out into the tide
For every wave
To swallow... us alive
Eye of the Storm, Lovett


Vista desde la cima, Barcelona parecía un archipiélago de islas de cemento perfectamente ordenadas bajo el sol del verano. La chica alzó los brazos y dejó que el viento cálido jugueteara con su camiseta, con el pelo y se le escurriera entre sus dedos. Se imaginó dejándose llevar por ese viento. ¿Dónde podría acabar? ¿En otro lugar? ¿Otro mundo?
Sabía que eso no pasaría jamás, hacía ya mucho que había dejado de confundir la realidad con la ensoñación. Si daba un paso más, solo un paso al otro lado de la cornisa, su destino la llevaría a la caída y luego al asfalto. Huesos rotos y órganos perforados. La sangre atomizada por toda la calle de Bailén para horror de transeúntes y turistas.
Y aun así, las puntas de sus zapatillas le pedían la caída.
—Si vas a hacerlo, hazlo de una puta vez.
Una mano delgada asomó por el rabillo del ojo de la chica. Vio un cigarrillo encendido sujeto entre el dedo índice y el corazón, vio las uñas siempre mordisqueadas de Nica.
—Vamos, no lo pienses y hazlo, salta.
La chica tomó el cigarrillo y se lo llevó a los labios. El sol estaba a punto de desaparecer detrás del Tibidabo. La chica dio una calada, atrajo a sus pulmones el alquitrán, el arsénico, el amoniaco y la nicotina, y le guiñó un ojo a la puesta de sol.
—Podría hacerlo —dijo regando las palabras con humo—. No me costaría nada, ¿sabes? —La chica bajó de la cornisa de un salto y se planto ante Nica. Su amiga llevaba un vestido estratégicamente dispuesto sobre el cuerpo para evitar ser detenida por escándalo público… a duras penas. Su melena castaña estaba toda echada hacia un lado dejando al descubierto el lóbulo perfecto de su oreja derecha—. Pero alguien tiene que cuidar de ti. Eres mi responsabilidad, Nica. No puedo dejar al mundo indefenso ante ti.
Nica le enseñó uno de los cinco dedos de su mano derecha.
—Entonces, ¿vienes?
La chica se revolvió el pelo que le crecía sin ningún orden. Empezaba a tenerlo demasiado largo o demasiado corto. Varios mechones le tapaban los ojos pero la nuca estaba todavía rasurada. El color ya no le gustaba, se lo tendría que volver a teñir. ¿De qué color esta vez? ¿Había probado ya el rosa chicle?
Dio una calada más y le devolvió el cigarrillo a su amiga.

***

En otro mundo, fuera del tiempo, la luna sangraba a través del firmamento y tras ella seguían tres siluetas agotadas. Faltaban apenas unas horas para la llegada del alba pero la noche, como todas las noches en La Marca, era inmensa y lo abarcaba todo. Miraran a donde miraran, el terreno árido era siempre el mismo que les había acompañado durante los tres días que llevaban tras su presa; cenizo, triste y extinto, sin trazo alguno del verde que vestían las montañas a las que los jinetes llamaban hogar.
Los únicos árboles que encontraban a su paso eran como garras necrosadas que despuntaban entre la roca seca, retorcidos y casi invisibles en la oscuridad. Sus cortezas fosilizadas eran negras y gruesas. Se decía que los primeros hombres que habían domado aquellas malas tierras las habían utilizado para protegerse del frío y de los dientes de las bestias que allí moraban, mucho antes de que el arte del acero les fuera revelado por los antiguos dioses. En sus ramas encontraban de vez en cuando pedazos roídos de tela, las huellas dejadas por las almas que se habían adentrado allí en busca del abrazo de la muerte.
Nada humano podía sobrevivir en aquel lugar.
Los jinetes seguían su camino inmutables, sin apresurar el paso pero resueltos a no regresar hasta ver cumplida su tarea. El joven de cabello azabache largo y trenzado que abría la marcha tenía la piel curtida por el sol y los arduos días vividos. La armadura negra que portaba hacía difícil distinguirlo de las sombras nocturnas.
De improviso, su caballo se arredró y se detuvo. El jinete pudo sentir el miedo del animal latir bajo él. Dio tres inspiraciones roncas, husmeando el aire, y desmontó de un salto. La armadura tintineó acompañando su andar. En su muslo se balanceaba una sencilla cruz plateada.
Los dos hombres a su espalda le imitaron y desmontaron junto a él. 
—Es inútil, Ídalo —dijo Mite, un muchacho que apenas había vivido lo bastante para conocer el tacto de amante alguno—. En este terreno infecto es imposible encontrar un rastro. Las viejas dijeron que siguiéramos la luna de sangre si lo queremos encontrar, que no nos detuviéramos ni desviáramos por nada. Creo que eso deberíamos hacer. Solo nos queda esta noche.
—Déjalo, muchacho. —Urdraga, el tercer miembro de la partida de caza y el más ajado de los tres, se arrodilló junto a Ídalo. Se pasó una mano callosa por el pelo cortado a ras de cráneo y examinó el terreno ante ellos. Sobre la frondosa barba bermeja, una nariz ancha y socavada por los años no perdía detalle de los olores que empacaban el aire gélido—. Ninguno queremos pasar más tiempo del necesario aquí, pero no podemos limitarnos cabalgar a ciegas guiados por las adivinaciones de esas arpías.
—Solo digo que la última luna de sangre fue antes de que yo naciera, eso es todo —apremió Mite—. No podemos perder el tiempo con rasguños en la roca.
Ídalo desnudó el acero de su espada. El filo centelleó rojo en la noche clara. Sus dos compañeros se quedaron muy quietos.
—Mirad.
Clavó la punta de la espada en la tierra y desenterró los restos polvorientos y mutilados de un animal. Algo lo había despedazado con tal brutalidad que costaba reconocer que clase de animal era—¿un huargo, tal vez?— y la sangre, todavía fresca, goteaba dejando un charco marrón a los pies de los tres hombres.
—Está cerca. —Urdraga asentó su mano sobre la empuñadura del hacha que colgaba de su cinturón.
Los tres hombres siguieron a pie el rastro de sangre hasta llegar a los márgenes de un enorme cráter abierto en la tierra. En el fondo, un lago de agua sucia reflejaba la luna. El rastro moría allí.
—Es extraño —dijo Urdraga ausente, mientras su mente cavilaba—. No parece una formación natural.
—¿Qué quieres decir? —Mite apareció tras los dos hombres con cautela.
—Es como si algo hubiera apuñalado la tierra —Urdraga alzó la mirada al cielo—. Algo grande y afilado.
—¿En serio? —Mite arrastró los pies hasta acercarse al borde del repecho y varias piedrecitas cayeron al vacío. Al golpear las paredes del cráter el estruendo fue tal que los tres hombres no pudieron más que apartarse nerviosos.
—¿Lo habéis oído? —preguntó Ídalo cuando el silencio se volvió a asentar sobre la noche—. Algo se ha movido en la penumbra. 
El joven se tumbó en el suelo y, con mucho cuidado, se volvió a asomar al cráter. Sus dos compañeros hicieron lo mismo, uno a cada lado, y escudriñaron la penumbra del fondo. Allí, a medio sumergir en el agua negra, vieron una forma, un islote que navegaba por el pequeño lago sin alterar apenas casi su superficie.
—¿Es él? —preguntó Urdraga.
Ídalo no respondió, tan solo aguzó más la vista.
La criatura salió del agua y la pudo ver en todo su esplendor. Las escamas plateadas reflejaban la luz de la luna en un caleidoscopio rojo. Las alas, casi translúcidas, se desplegaron como las velas de un barco al sacudirse la bestia el agua de encima. Los brillantes ojos eran como dos piedras preciosas más grandes que ninguna gema nacida de las entrañas de la montaña. La boca, esa misma boca que se había tragado la vida de su padre y hermanos, se abrió para mostrarle una lengua rosada y serpenteante.
—Es él. —Ídalo se alzó, espada en mano—. Es el Marraco.
El cuello de la bestia se sacudió como un látigo y sus ojos se posaron en el joven. Ídalo los sintió sobre la piel, helados como el aire de los picos nevados que había coronado con su padre, como los estanques subterráneos en los que había nadado con sus hermanos mayores siendo niño.
El Marraco se aposentó sobre cuatro patas gruesas como troncos de roble y rugió en la noche. La pescuezo se le infló y escupió una lengua de fuego al cielo que iluminó el cráter por completo.
—No seas impulsivo, muchacho —dijo Urdraga, adivinando las intenciones de Ídalo—. Tenemos que atraerlo a campo abierto. Ser más listos que él.
—Sí, sí. —Mite estaba tumbado de espaldas en el suelo, el rostro empalidecido—. Deberíamos preparar un buen plan, tal vez regresar con más hombres…
—No hay más hombres que quieran vengar a mi padre y a mis hermanos, ya no —dijo Ídalo—. Ya no soy señor de nada ni de nadie. Esa bestia me lo ha arrebatado todo. —Dio un paso al frente, la punta de su bota derecha se asomó al abismo, y clavó la espada en la roca. Agarró la cruz que colgaba en su muslo y la sujetó en alto con ambas manos. Estaba forjada en una única pieza y no tenía marca visible alguna—. Además, tú mismo lo has dicho, Mite; la luna roja es un fenómeno demasiado extraño, ¿quién sabe cuando volveré a tener oportunidad?
El Marraco batió las alas tres veces y se elevó en el aire con el hocico apuntando en dirección a Ídalo. El joven no se amedrentó, aunque el impulso de huir latió fuerte en su pecho, y se arrojó al encuentro de la bestia.
Sus manos estrujaron la cruz mientras caía.
Tras él escuchó los gritos lejanos de sus dos compañeros.
Y entonces su cuerpo ardió.
La piel de los brazos, visible entre las placas de la armadura negra, se resquebrajó. Las grietas le subieron por cuello y cara y, bajo ellas, un fuego cósmico prendió. Los ojos del joven se volvieron negros como el abismo. La cruz canalizó las llamas creando un filo fluctuante que nacía de su punta superior.
Ídalo gritó.
En su llanto no había ni miedo ni duda, solo la rabia que espoleaba su sed de venganza y el dolor sin fin que se adueñaba de él cada vez que invocaba a la llama.
El Marraco detuvo su vuelo sobre el lago. Los ojos impasibles centellearon. No había forma de saber si la imprudencia del joven le había sorprendido. Ídalo pegó los brazos al cuerpo para acentuar su caída en picado.
La bestia abrió las fauces, dispuesta ya a carbonizar al joven.
Pero antes de que el fuego naciera, Ídalo rotó sobre sí mismo y esquivó la llamarada para acabar impactando en el vientre del Marraco. Aferrado a sus escamas con una mano, apuñaló a la bestia varias veces en el costado antes de caer y hundirse ambos en el lago.
Aturdido y arrastrado por el peso de su armadura hacia el fondo, Ídalo vio al Marraco retorcerse de dolor. Sus escamas brillaron todavía más intensas que bajo la luz de la luna que lograba penetrar en el lago. Algo en el cuerpo del monstruo estaba despertando.
Ídalo se quedó allí, flotando ingrávido ante la visión del amanecer sumergido. Su vida le había llevado a ese final, una vida que jamás debería haber tomado el camino que conducía a ese monstruo. Moriría sabiendo que su hogar, el lugar en el mundo que habían levantado de la nada sus ancestros tras cruzar el Mar de Lothan, seguiría en manos de los mismos hombres que le habían traicionado y desterrado para siempre.
En cierto modo era el final apropiado para él, al fin y al cabo el destino no era sino una mentira que se contaban hombres mejores que él para perdonarse las atrocidades cometidas a lo largo de toda una vida.

***

Las noches en Barna ya no eran lo que habían sido en otro tiempo. Los lugares, antes mágicos y llenos de luz y colores vivos y melodías adictivas, eran ahora todos nidos de cuervos y ruido. A la chica no le gustaba pensar en ello, en la batalla entre el pasado y el presente, ante la sospecha de que en realidad el cambio se había operado en ella.
Lleva mucho tiempo llegar a ser joven.
La chica observaba la fauna del local con el cadáver de una cerveza en la mano. La gente era la misma cada noche, solo que los rostros eran menos jóvenes y la belleza se degradaba a cámara lenta. Las paredes estaban cubiertas de pintadas y fotografías de días mejores. Los cuerpos saltaban al son de los gritos y las guitarras escupidas por los altavoces regados en alcohol añejo.
I'm the man in the box / Buried in my shit / Won't you come and save me, save me?
Nica no estaba lejos. La vio acurrucada entre las sombras, enrollada como una serpiente sobre una joven incauta que se despertaría por la mañana más confundida que nunca, pero que ahora parecía no tener problema con la inspección bucal a la que estaba siendo sometida.
La chica se levantó, desencantada y sedienta, y deambuló en dirección a la barra a la caza de más cerveza. Una mano se desprendió del rebaño y se aferró a su nalga izquierda. Primero tentativa, luego bien firme, estrujando la carne. La chica se detuvo en medio de la pista de baile. Las detonaciones de la batería resonaron en su cabeza como artillería pesada, las guitarras eléctricas arriaron.
La chica apretó la botella vacía, se giró y golpeó. No le importó a qué o a quién.
La botella se desintegró sobre un rostro difuso. Los cristales le cortaron la palma de la mano pero la chica no sintió dolor. El barullo y el caos se la tragaron. Las guitarras siguieron gimiendo. Dos gorilas vestidos de negro se llevaron a la chica en volandas y la devolvieron al mundo de los vivos.
¿Qué cojones ha pasado?  pensó al verse de repente tirada en la calle.
Se miró la mano. La botella ya no estaba y tenía varios cortes sangrantes. Se arrancó un cristal negro, lo dejo caer al suelo y se quedó mirando la sangre gotear.
—¡Hey!
El mundo se volvió a enfocar, el humo de disipó en su mirada. Unas finas nubes empezaban a cubrir el cielo. La luna tenía un viso rojo radioactivo.
—Hey. —Un chico se arrodilló a su lado. Tomo la mano de la chica en las suyas y apretó una pelota de papel contra los cortes abiertos—. He visto lo que ha pasado, no deberían haberte echado así.
—¿Y tú quién coño eres?
El chico la miro con unos ojos verdes moteados de gris. Era alto y delgaducho. Llevaba una camiseta negra de Motörhead, pantalones negros rotos, y el pelo largo y grasiento le caía sobre los hombros.
—Me llamo Jan. —El chico sonrió inocente—. Solo quería ver si estabas bien. ¿Cómo te llamas?
La chica se puso de pie.
—Esto no va a pasar, Jan. Esta no es tu noche.
El chico se levantó del suelo, le mostró una mano en señal de paz.
—Perdona. No sabía que eras…
—¿Qué? —La chica afiló la mirada.
—Es decir... —El chico hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta del bar—. He visto a tu amiga ahí dentro.
—Me gustan los hombres, Jan. Mucho. Demasiado para mi propio bien. Puede que solo no me gustes tú.
—No me conoces. —Jan se encogió de hombros.
La chica dio un paso al frente y levantó la barbilla. Puso todo su esfuerzo en resultar intimidante a pesar de que él le sacaba cabeza y media de altura. Entornó la mirada, juzgando al espécimen humano que tenía ante ella.
—Por eso mismo —dijo ella arrastrando la lengua.
La chica giró sobre sus talones y se alejó todavía aturdida y llevándose con ella el coro de guitarras del local. Sacó el móvil del bolsillo trasero de sus vaqueros y tecleó.
He tenido que irme. STOP. No te preocupes. STOP. Mañana hablamos. STOP. Quiero detalles. STOP.
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—¿A dónde vas?
La chica se detuvo. Un trueno sonó en la noche. Las nubes tramaban algo.
—A un mágico y misterioso lugar llamado casa —dijo ella.
—¿Te importa si te acompaño?
—¿No tienes amigos, Jan?
—Sí, todos ahí dentro. Borrachos perdidos. Me temo que me he quedado atrás.
La chica se miró los pies. La sangre le había desgraciado las zapatillas. Torció el gesto. Otro relámpago apuñaló el cielo. La luna se había escondido tras un muro negro y la chica tuvo una sensación que no sabía muy bien cómo definir.
—De acuerdo —dijo la chica—. Puedes acosarme un rato si quieres.
Jan llegó a su altura sonriente.
—Parece que va a llover —dijo él mirando al cielo.

***

La chica jamás había visto llover tanto en la ciudad. Un telón de agua caía tan espeso que ni alcanzaba a ver la calle a pocos metros más allá de su nariz. Corrieron a ciegas con los relámpagos detonando sobre sus cabezas en un espectáculo de luz salvaje.
A su lado Jan dijo algo, pero la chica no pudo distinguir las palabras. El estruendo de la lluvia al golpear el pavimento era atronador.
—¿Qué?
Jan la agarró del brazo y la condujo hasta un amplio porche en medio de un parque escondido entre bloques de apartamentos. La estructura de madera temblaba con la débil resistencia que ofrecía al envite de la tormenta.
—Será mejor que esperemos a que pare de llover —dijo él. Estaba calado hasta los huesos, como ella. El pelo largo le dibujaba caracoles negros sobre la cara.
—El perfecto final para una noche perfecta.
La chica se fregó las mejillas con las palmas de las manos. Por toda la plaza corrían desbocados riachuelos que amenazaban con inundarlo todo. Se dio la vuelta y se topó con la mirada de Jan fija en ella.
—¿Por qué me miras así? —La chica se incomodó al saberse observada—. ¿Nunca has visto a una mujer mojada?
El chico bajó la mirada y se rascó la barbilla.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo él, vacilante—. Es solo simple curiosidad.
—Adelante, pero no prometo darte una respuesta sincera.
—En el bar, antes, no te lo estabas pasando muy bien, ¿verdad? Te he estado observando toda la noche.
—Vaya. —La chica entornó la vista y le sonrió por primera vez—. Un romántico. Qué suerte la mía.
—No es eso, para nada. Es solo que parecías completamente fuera de lugar allí, como si estuvieras esperando algo.
—Tal vez solo estaba aburrida. Tal vez la música esta noche era particularmente mala, tal vez no estaba todavía lo bastante borracha. Soy una persona compleja, Jan. Hay muchos factores por los cuales he podido darte esa impresión.
—A mí me da que no —dijo Jan y luego al ver la expresión en la cara de la chica se apresuró a añadir—. No es que sea asunto mío, por supuesto.
Jan se quedó en silencio, en su lenguaje corporal se podía leer el miedo a haber violado un acuerdo tácito entre los dos extraños. La chica contempló la lluvia. La tormenta no daba señales de aplacarse, más bien al contrario.
La chica se plantó ante Jan, manejando con destreza el espacio entre los dos.
—Me llamo Eli.
Ella le agarró la parte baja de la camiseta y tiró de él para bajarle hasta su altura. Jan se dejó llevar…
…algo chocó contra el porche de madera, los pilares de lo mantenían en pie se partieron y toda la estructura se vino abajo. Jan echó a la chica a un lado de un fuerte empujón antes de desaparecer bajo el derrumbe. Eli rodó por el fango, de nuevo bajo el envite de la lluvia.
—¡Jan!
Trató de ponerse en pie rápido. La cabeza le latía con fuerza, como si unas garras rasparan el interior de su cráneo. Dio un paso hacia el lugar donde tan solo unos segundos antes se había levantado el porche y se detuvo en seco.
Una lengua de fuego encendió la noche. Entre del torrente de agua, una sombra avanzó hacia ella. Eli no fue capaz de distinguir más que partes aisladas de un todo que no comprendía. Dientes afilados, escamas brillantes, zarpas perforando la tierra a su paso.
Eli gritó al ver las fauces del monstruo abrirse y prender con un fuego vivo. El agua de la lluvia se evaporaba al entrar en contacto con la bestia y alimentaba una nube de vapor caliente. Ella trató de apartarse pero se trastabilló y cayó de nuevo al barro. Apartó la mirada y entre las tablas de madera del porche derrumbado vio a Jan.
No estaba segura de si todavía respiraba o no.
El monstruo rugió y el fuego en su garganta llameó con más intensidad. La chica se tapó los ojos y esperó la caricia de las llamas. Un hombre embutido en una armadura negra apareció de la nada y se interpuso entre la bestia y ella. Sujetaba una extraña espada en la mano que parecía estar hecha de luz.
—¡Todavía no has acabado conmigo! —aulló el hombre.
La bestia se sacudió furiosa, se enderezó sobre sus cuatro patas y escupió un remolino de fuego hacia ellos. El hombre blandió la espada en su mano y cortó las llamas. Una cola gruesa se agitó en el aire como un látigo, golpeó al hombre y lo lanzó de espaldas por encima de Eli.
El filo de la espada se evaporó al desprenderse de la mano del hombre y la extraña empuñadura de plata quedó clavada en el barro.
Eli quiso arrancar a correr. Huir lejos de aquel lugar. ¿Caballeros y dragones en medio de Barcelona? Aquello no podía ser real. Buscó a Jan. Seguía tumbado entre las tablas de madera, inconsciente o algo peor. La bestia avanzó en dirección al hombre de la armadura negra. Eli lo vio arrastrarse por el suelo, aturdido.
El dragón lo aprisionó bajo una de sus garras. El peto de la armadura se dobló ante el peso y el hombre gritó. Eli se alzó del barro y corrió. No en dirección a la calle, lejos de allí, ni en auxilio de Jan. Una sensación cálida brotó de su estómago y se expandió encendiendo su sistema nervioso.
Se lanzó hacia la bestia sin comprender que la impulsaba a ello.
En plena carrera, arrancó la empuñadura del suelo y la sujetó con las dos manos. Pesaba tanto que casi no podía ni sostenerla. La sintió fría al tacto. El corazón le ardía y el calor que la embargaba se tornó en un fuego desatado que lo asoló todo a su paso, inundándole venas y quemándola desde dentro.
Cada nervio, cada brizna de su ser, se retorció en agonía.
La chica dejó que el pánico se filtrara en ella, levantó la empuñadura de plata con todas sus fuerzas por encima de su cabeza. Un filo ardiente nació de ella centelleando con violencia. La lluvia se arremolinó a su alrededor y Eli entornó la vista para ver como el dragón se daba la vuelta hacia ella. Sus fauces se abrieron y, antes de que ella pudiera reaccionar, se la tragaron a la espada y a ella.

***

Urdraga y Mite descendieron con mucho cuidado por la pared del cráter. Tras una larga y tensa deliberación, habían decidido que no podían dejar el cadáver de su amigo pudriéndose en aquel lugar y, al comprobar que el Marraco tampoco había dado señales de haber sobrevivido al enfrentamiento, se habían decidido a buscar bajo la primera luz del nuevo día.
La orilla del lago estaba arropada por una calima ligera y de hedor agrio de la muerte. Los dos hombres lo bordearon con cuidado de mantener las distancias. Algo en aquella agua aceitosa les ponía en alerta. Urdraga solo había sentido la misma desazón que aquel lugar le producía al recorrer el campo de batalla una vez acabada la guerra, cuando uno puede todavía sentir las almas de los muertos velar sus propios cadáveres.
—¿Qué haremos si lo encontramos? —preguntó Mite en un hilo de voz.
—Nuestra obligación es llevarlo de vuelta a las montañas, al lugar donde sus antepasados reposan. Él es el último de su gente, es lo menos que podemos hacer por él.
—¿Y luego?
Urdraga no respondió. Ambos habían servido a la casa de los Joffre durante toda su vida, al igual que sus familias antes que ellos por generaciones enteras. Ídalo era el último eslabón que los mantenía unidos a una forma de vida, la única que habían conocido, que agonizaba bajo el yugo del nuevo orden.
Sin mediar palabra entre ellos, se detuvieron en seco.
A medio enterrar, a apenas unos metros, una mano asomaba cubierta en ceniza. Urdraga se abalanzó sobre el cuerpo y lo arrancó de la tierra. Ídalo estaba malherido, con la cara cubierta en sangre y la tierra negra adherida a la piel. De alguna forma había logrado arrastrarse fuera del agua antes de perder del conocimiento.
Mite se arrodilló a su lado sonriente y con las lágrimas asomándole en los ojos.
—Eres un cabrón difícil de matar, muchacho. —Urdraga le paso una mano por la frente y las mejillas a Ídalo para retirar la porquería que le cubría el rostro.
La felicidad de encontrar a su amigo con vida pronto dejó lugar a un terror crudo. El primero en verlo fue Mite. Desenvainó su espada con la mano temblorosa. Urdraga siguió la mirada petrificada de este y se quedó muy quieto, apretando el cuerpo de Ídalo contra sí. En el centro del lago emergió un islote negro compuesto por escamas, dientes y garras.
El Marraco salió a la superficie envuelto en vapor de agua.
Los dos hombres se prepararon para luchar y morir.
La escena se coaguló, los segundos pasaron volando sobre el cráter y nada se movió. Mite tragó una bola pastosa de miedo, se puso en pie y caminó hasta que el agua del lago le llegó a la cintura.
—No se mueve —se dijo entre dientes, Luego se giró hacia Urdraga y gritó—. ¡No se…!
Un estallido le interrumpió.
La bestia se volteó sobre el agua dejando su enorme panza en el aire. Su carne era irregular. Su cuerpo se sacudió con violencia. Algo pugnaba por liberarse de él. Los chasquidos de los huesos del Marraco al partirse por la presión retumbaron en la mañana.
La carne se abrió y dio a luz al fuego.
Urdraga y Mite se cubrieron los ojos ante el intenso resplandor de las llamas. El fuego se arremolinó sobre ellos y se disipó dejando en su lugar una figura. Una chica joven, de pie sobre el cuerpo inerte del Marraco, liberada del terrible útero que la había dado a luz.

Eli miró a su alrededor y vio a los tres hombres. Luego gritó hasta vaciar sus pulmones y se derrumbó. Había dejado todo un mundo atrás, otro nuevo aguardaba.

Qué estoy leyendo y por qué deberíais leerlo vosotros también.

¡Feliz primer martes del año! Espero que sea el primero de una cadena de martes gloriosos para vosotros (el resto de días de la semana es cosa vuestra, yo me desentiendo del todo). Empezamos el año con dos lecturas de las mías (esto es, novelas sobre cosas que hacen ¡BOOM! en el espacio).



Inferno Squad (Battlefront 2)
de 
Christie Golden


Estas navidades me he auto-regalado el último Battlefront, un videojuego que ha llegado acompañado de su buena dosis de polémica (no hay nadie más contento de que 2017 se haya acabado que el CEO de Electronic Arts). Pero el juego en sí mola mucho (las batallas espaciales son de orgasmo múltiple), así que me he animado a leer la novela que sirve como 'origin story' para el escuadrón protagonista del modo historia del juego... y dios si me arrepiento de ello. Bueno, vamos a ser justos, el libro no es tampoco un desastre pero por lo que llevo leído tiene bastante mala pinta. La protagonista de la novela, Iden Versio, es una teniente/soldado/piloto de caza que se encuentra en plena escalada a través de los rangos del imperio cuando la primera Estrella de la muerte le explota literalmente en las narices. A partir de ahí tenemos la creación del escuadrón Inferno bajo la tutela del padre de Iden, un almirante que es lo más tópico de los tópicos sobre altos mandos militares de un imperio malvado, y una trama sacada de Misión Imposible (con infiltración incluida entre los restos de la célula rebelde que lideraba Saw Guerrera antes de su muerte en Jedha) sin demasiada acción, algún momento logrado y personajes desarrollados de manera irregular. En el lado positivo, la novela está muy bien escrita y logra conectar el juego con las películas y el resto del universo Star Wars, aunque no deja a veces de parecer un fan fiction 'oficial'. Si estáis jugando estos días (o tenéis intención de jugar en el futuro) al Battlefront os lo recomiendo, aunque solo sea por el contexto que da. Si no es el caso, no puedo deciros que sea una lectura que os recomendaría.



The Eternity War: Pariah
de
Jamie Sawyer


La trilogía The Lazarus War me descubrió la obra de Jamie Sawyer, un autor muy recomendable para los fans de la ciencia ficción militar. Esta nueva serie, ambientada en el mismo universo de su trilogía debut, es un poco más de lo mismo pero en este caso lo podríamos decir como algo positivo. Sawyer escribe personajes muy tridimensionales, dentro del arquetipo 'militar', lo cual consigue que durante los no pocos momentos de acción que contienen sus novelas estés genuinamente interesado por la suerte que les depara la trama. La novedad aquí, y la razón que me ha atraído de esta novela en particular, es que si las anteriores entregas el conflicto venía por una guerra contra una misteriosa raza alienígena, aquí el punto de partida es un ataque terrorista contra una estación espacial. De momento The Eternity War cumple sobradamente con las expectativas, no dejéis de darle una oportunidad si estáis buscando lecturas de este estilo.