Por qué deberíais ver EL MINISTERIO DEL TIEMPO (aunque a mí no me guste)



Uno de los pilares de toda relación es lo que llamamos ‘pruebas de amor’, esas actividades que realizamos no por placer personal, sino porque nuestra pareja las disfruta. En mi caso El Ministerio del Tiempo es una de esas pruebas de amor. Cada lunes por la noche Ana y yo nos sentamos religiosamente ante el televisor para ver las peripecias de Julián, Amelia y Alonso, ella porque le encanta, yo porque quiero a mi mujer y compartir tiempo con ella lo compensa todo.

Empezamos la serie en su primera temporada con un par de semanas de retraso, cuando las redes sociales ya hervían con reacciones superlativas. No, en ningún momento me creí que se tratara de la mejor ficción televisiva jamás creada, pero sí sentía curiosidad por el concepto de la serie y el fenómeno fan que ha atraído casi desde el primer día, algo que parecía reservado a producciones extranjeras. Los primeros episodios se me hicieron bastante entretenidos, la verdad, aunque los personajes no me acababan de generar mucha empatía y no me podía quitar de la cabeza que la estructura y los arquetipos de ciertos personajes de la serie se parecían horrores a Stargate SG-1 —lo cual no es nada malo, ya que soy muy fan tanto de la película original como de las series de televisión que derivaron de ella, es más, molaría que al trio protagonista le añadieran un friki de la historia con gafas—. Seguramente sea el tipo de serie que hubiera dejado de ver a los dos o tres episodios, pero Ana estaba encantada y Dios sabe que ella ha tenido que sufrir varias ‘pruebas de amor’ desde que me conoció.

 

Creo que mis problemas con El Ministerio del Tiempo se reducen a dos aspectos, principalmente. El primero es el ritmo de los episodios. Les sobra a (casi) todos diez minutos de metraje y que hay momentos en los que aspectos de la trama o escenas concretas se alargan más de lo necesario. El resultado es que cuando se llega al clímax del episodio, la verdad es que no tengo nunca la sensación de que haya mucho en juego ni sufro por la suerte que puedan correr los personajes. Por ejemplo, recuerdo al principio de la primera temporada como disparan a un personaje y mientras se está desangrando en el suelo (literalmente) los demás se toman la situación con cierta pachorra. No sé hasta qué punto el tema de la duración puede deberse a la necesidad de rellenar una franja horaria para la cadena, pero hace que The Walking Dead parezca una serie trepidante en comparación. El segundo problema que tengo con la serie son sus protagonistas. Julián empezó bastante bien como foco de la historia, el drama causado por la muerte de su mujer resultaba conmovedor, llegando a sentir pena por él… hasta que descubres que el estrés postraumático es lo único que define a su personaje. Su regreso después de la excedencia de Rodolfo Sancho para poder rodar Mar de Plástico de su retiro espiritual en la Guerra de Cuba ha acentuado un poco más esa carencia de profundidad. Teal’c Alonso es el personaje favorito de muchos fans y con razón. El hecho de ser un pez fuera del agua genera algunos de los gags más logrados de la serie, aunque, como en el caso de Julián, no le han dado mucha más personalidad que repartir mamporros cuando la narrativa así lo requiere y quedarse embobado ante las maravillas del mundo moderno. Aun así, la historia de amor que le han dado esta segunda temporada es muy, muy jugosa —su esposa muerta ¿reencarnada?, ni a los mejores guionistas de culebrones se les podría haber ocurrido tal giro— y creo que es el personaje que más ha crecido desde el inicio —sino el único—.

Pero si hay un personaje al que creo que no le han hecho justicia es sin duda Amelia Folch. Ya sea porque el visionado de El Ministerio del Tiempo se nos ha solapado en algún momento con Agente Carter, otra serie protagonizada por un personaje femenino adelantado a su época, ya sea porque por formación soy bastante sensible a la representación de determinados arquetipos en la ficción, mi nivel de decepción con los guionistas de la serie se debe en mucha parte a este personaje. Mujer joven, fuerte, independiente, del siglo XIX, catalana, inteligente, sensible… joder tenía todos los ingredientes para acabar siendo uno de mis personajes favoritos de siempre. Me hubiera encantado hacerme camisetas con su imagen, marcarme un cosplay de Amelia… pero no. Ni los romances absurdos en los que la han metido con calzador —desde fangirl de Lope de Vega hasta ese forzado ‘ahora no, ahora sí’ con Pacino—, ni haberla convertido por momentos en una Wikipedia interactiva, ni que se pase gran parte de la serie con el ceño fruncido, ni que el pene de Hugo Silva le cure la muerte esa misteriosa fotografía en la que aparece junto a Julián y su supuesto hijo, ni la tumba con su nombre, ni que la hayan querido convertir en la líder del equipo de facto. Es sencillamente un personaje al que, a diferencia de Peggy Carter en la ficción de la ABC, no le dejan divertirse —y no, tirarse a Hugo Silva no cuenta. Verla empuñar una pistola más grande que brazo en el último episodio es una oportunidad más desaprovechada con un personaje que podría haber sido tan y tan guay…

…llegados a este punto podríais pensar ‘este tío está rajando de El Ministerio del Tiempo así por la cara, ahora nos dirá que deberíamos dejar de verla’. Nada más lejos de la realidad.

 

Hace tiempo que he hecho las paces con una verdad tan obvia como ignorada muchas veces; el gusto de uno no es universal. Que a mí me guste algo —una serie, una novela, una película….— no lo convierte automáticamente en una obra de arte incuestionable, ni el hecho de que a mí no me guste El Ministerio del Tiempo la convierte en una serie mala. Hoy en día todos cargamos en nuestros bolsillos con un altavoz maravilloso desde el cual compartir nuestras opiniones y gustos. Las redes sociales nos han permitido encontrar otras personas que coinciden con nuestros puntos de vista, nuestra tribu. Pero que a Paco, que vive en Salamanca, le dé un me gusta a un estado que publico en Facebook o retwittée algo que comparto por Twitter no le otorga ningún valor añadido a mis gustos u opiniones, y no implica que aquellos que no coinciden conmigo carezcan de razón. Las opiniones son como los culos, los hay de todas las formas y colores, más peludos o menos, más respingones o menos, y todos tenemos el nuestro. Que a mí no me guste El Ministerio del Tiempo no me incapacita para apreciar sus logros, que los tiene y muy notables. Para empezar es la primera serie española que ha sabido entender y conectar con el telespectador moderno, solo hay que entrar en Twitter a principios de semana para darse cuenta de ello. Aquellos años de esperar a un día y una hora concretos para ver nuestra serie favorita hace mucho que han pasado a mejor vida. Ahora consumimos ficción cuando y en la plataforma que más nos place. También el tratamiento de la historia y sus protagonistas merece reconocimiento. Si con los personajes principales apenas tengo empatía y hasta siento rechazo hacia lo que hacen con ellos, lo contrario sucede con los Cervantes, Napoleón, Cristóbal Colón, El Cid, Houdini… son caricaturas maravillosas de los personajes históricos, con la virtud de saber conservar la dosis justa de veracidad para que te los creas.

Ahora que los datos de las audiencias parecen poner en peligro la continuidad de El Ministerio del Tiempo, mi petición para todos vosotros es que la miréis. Aunque solo sea porque necesitamos más series como esta, series que no sean un mero refrito de producciones cinematográficas cutres —te estoy mirando a ti, Antena 3—. Yo el próximo lunes estaré ahí, a pesar de mis reticencias, por amor y porque tal vez, con el tiempo suficiente, yo también pueda encontrar en alguna puerta del tiempo el ingrediente que me permita gozar de ella.