¿Qué estoy leyendo y por qué deberíais leerlo vosotros también?

Estos últimos meses he estado bastante alejado del blog. La publicación de la novela, tener que preparar un par de presentaciones, las Gigamesh Fights, el taller de ciencia ficción de Tarragona la semana que viene... ¡Ah, sí! y preparar una boda para abril (la mía, más concretamente), son cosas que parece que no pero van consumiendo tiempo a la mínima que te despistas. Así que aprovechemos para ponernos un poco al día. ¿Qué tal todo? ¿La familia bien? ¿Que qué estoy leyendo, os preguntáis?


MORNING STAR, de Pierce Brown.


Pierce Brown es de esos autores que dan rabia. Es joven, atractivamente atractivo y su trilogía Amanecer Rojo (con la que ha debutado) no solo es un éxito de ventas en el mundo anglosajón (España, como sabemos, tiene su propio microclima), prueba de ello es que esta tercera y última entrega sea a día de hoy la novela más vendida en EEUU (y a la espera de ser adaptada en Jolibú, con él mismo trabajando en el guión), sino que además las novelas son jodidamente buenas. ¿No me creéis? ¿Estoy exagerando, decís? Golden Son, la segunda parte, fue elegida por los usuarios de Goodreads como la mejor novela de ciencia ficción del 2015. Una de las virtudes de la trilogía es que es capaz de aunar varios subgéneros de la cifi, desde la distópia pasando por la cifi militar hasta el space opera, y hacerlos encajar a la perfección. Así que os recomiendo que añadáis al bueno de Pierce a vuestras respectivas pilas de lecturas. Además ya se ha anunciado que tras Morning Star se prepara una nueva trilogía ambientada en el mismo universo de Amanecer Rojo. #PierceDasRabia


THE YOUNG ELITES, de Marie Lu.


Cuando empecé a escribir El Eterno Retorno me planteé llevar la historia al terreno de la literatura young-adult (joven/adulto), debido a la popularidad de que goza este subgénero (algo así como la digievolución de la literatura juvenil) tanto aquí como fuera de nuestras fronteras. Al final, dado el tipo de historia que tenía en mente, opté por una historia más cifi, sin los elementos que han hecho que el público adolescente (y no tan adolescente) se interese por este tipo de narrativa. Aun así, llevo tiempo interesado por el fenómeno, así que esta es la primera lectura con la que me acerco a él. Es curioso porque los no habituales al género tienden a colgarle ciertos estereotipos basados en la popularidad de productos como la saga Crepúsculo y similares, pero lo cierto es que hay obras realmente interesantes, al menos en su premisa. Marie Lu, aparte de hacer unas galletas de puta madre, lleva ya varias obras publicadas con éxito de público y crítica. En este caso tenemos una historia ambientada tras una brutal epidemia causante de la muerte de decenas de miles de personas, pero que también otorgó extraños poderes a aquellos niños que sobrevivieron. El punto de partida tiene un aire a X-Men que resulta más que interesante, narrado desde el punto de vista de lo que parece más un supervillano que un héroe, y además, por lo que he podido comprobar hasta el momento, las inevitables dosis de romanticismo no se nos presentan con el habitual trazo grueso. Así que si queréis acercaros a este género esta puede ser una buena puerta de entrada.


THE MIRROR EMPIRE, de Kameron Hurley.


Lectura problemática para el que os escribe. Por un lado la obra de Kameron Hurley resulta absolutamente atractiva por los temas que trata, tanto dentro del fantástico como de la ciencia ficción, y por como representa aspectos de identidad sexual y étnica. Además su blog personal es muy, muy recomendable. El problema es que es una autora con una misión y eso hace que su prosa pierda a veces de vista la trama para centrarse en hacerte llegar un discurso feminista, muy bien elaborado, muy necesario en el mundo actual, pero que lastra por momentos la lectura. God's War es un buen ejemplo de ello, la historia de una mercenaria dura e independiente en un mundo en guerra donde la magia es presentada de una forma novedosa y realista, con unos alienígenas peculiares pero que no acaba de ser redonda por la agenda de la voz narrativa. Sin embargo, un servidor se pasó muchos años en la universidad estudiando teoría de género y feminismo, y os aseguro que resulta difícil encontrar autores tan conscientes como Hurley del poder de la ficción a la hora de otorgarle voz a aquellas identidades ignoradas por la narrativa mainstream. The Mirror Empire es, a priori, la obra más madura de una autora que este año publicará una de las novelas más anticipadas por los lectores de ciencia ficción; The Stars Are Legion. Es buen momento para familiarizarse con su obra.


SAGA, de Brian K. Vaughan y Fiona Staples.


Soy muy fan de una youtuber llamada ComicbookGirl19. Sus reseñas de pelis y sus documentales sobre Juego de Tronos y los X-Men son auténticas joyas. Además participa también en un podcast sobre cómics en el que ya varias veces han hablado de esta serie. Saga es una mezcla de space opera y fantasía que me ha cogido por sorpresa y de la mejor de las maneras. Está muy bien escrita y el dibujo es de un estilo que al menos a mí me resulta muy atractivo. Llevo tan solo un para de volúmenes pero no tengo ninguna duda de que lo voy a seguir mientras pueda. Nada de lo que os pueda decir os preparará para esta historia así que en este caso vais a tener que tener fe en mí y creerme cuando os digo que vale mucho la pena.

Presentación en Vinarós

El pasado sábado día 20 de febrero tuvimos el placer de presentar EL ETERNO RETORNO en la Biblioteca Municipal de Vinarós. Aparte de los nervios de rigor (odio hablar en público, en serio, si quieres torturarme junta a cuatro personas o más y pídeme que os cuente algo, convulsionaré en vivo y en directo) fue una experiencia muy bonita. El último año y medio hemos estado residiendo en la ciudad y poder compartir la novela con la gente de tu ciudad siempre tiene un añadido emocional. Además la biblioteca se quedó con dos ejemplares, y dos más de PANDORA DESPIERTA, de la que aprovechamos para hablar ya que no habíamos podido presentarla en su momento. 

No podría estar más agradecido por la oportunidad de hablar con la gente cara a cara sobre algo que has hecho desde el cariño. Son el tipo de cosas que te animan a seguir adelante, a seguir escribiendo.








Glassing, una historia de amor fugaz.


Henry Lee suspiró un par de veces y una sonrisa afloró en sus labios. Las noches como aquella le hacían desear que el discurrir del tiempo se interrumpiera y la copa en su mano estuviera llena hasta su último suspiro. Un ligero soplo de arrepentimiento pasó de largo entre trago y trago, dejándolo tirado en una habitación de hotel anónima, en una ciudad como cualquier otra de las miles que brillaban en el lado oscuro de la tierra, sin más compañía que la de sus apetitos primarios.

Su habitación estaba situada en una esquina de la tercera planta. Era espaciosa y contaba con una impresionante vista del puerto, aunque las cortinas corridas impedían ahora ver nada. Sobre el escritorio marrón su teléfono móvil proyectaba una voz de barítono compuesta por muchas otras voces enlazadas, cantando sobre amor y violencia.

El colchón de la amplia cama de matrimonio era firme como el mármol y eso le complacía todavía más que las vistas y la voz de aquel hombre. Recostado sobre las sábanas de terciopelo morado, con una mano aferrada a una copa de vodka helado y la otra acariciando el suave tejido, se sentía como un muerto en un velatorio.

Llevaba la camisa abierta y tenía el pecho empapado. El cabello negro y ondulado se le pegaba a la cara por el sudor. Los arañazos en sus brazos le escocían y sangraban profusamente, manchándole las mangas blancas. La mujer con la que había subido a la habitación había resultado ser más fiera de lo que su aspecto de corderito insinuaba.

Era joven, pero no lo suficiente, había pensado al verla. Sus labios estaban decorados con el carmesí de los pétalos de rosa y eran tan delicados y tiernos como su cuello. Henry Lee había dejado el cuerpo de la chica dentro de la bañera del cuarto de baño.

Era allí donde había sentido el desengaño estrujar su corazón.

Siempre había algo. Un gesto demasiado forzado. Una sonrisa un tanto artera. Una curva mal trazada. Y para cuando se percataba de lo que estaba haciendo ya era demasiado tarde. La sangre que había brotado del cuello de la chica de labios rojos había formado un charco espeso en la bañera, ceñido alrededor de su cuerpo desnudo. Incluso con la puerta cerrada, podía escuchar la sangre derramarse y avanzar a rastras por el suelo hacia él, culpándole del crimen de ser fiel a sus instintos más salvajes.

Con ella debería haber bastado. La número nueve había sido meses atrás y durante todo ese tiempo no había vuelto a verse vencido por la decepción. Debería haber vuelto a casa. Debería haber tomado el primer avión, abandonar esa ciudad cuando todavía la noche podía ocultar al monstruo bajo su piel. Su mujer esperaba su regreso y él deseaba regresar.

Pero esa noche era diferente. La saciedad no había acabado de llegar nunca. Quería más.

En el mundo real se veía sometido a los elementos y a aquellos que hacían de él una herramienta. Ese era el orden de las cosas y Henry Lee lo aceptaba. Excepto aquellas noches en las que el sometimiento se volvía asfixiante, cuando simular su humanidad se volvía agotador y para no desaparecer y perderse en la imagen externa de sí mismo, aflojaba las riendas de la razón y se dejaba ir.

Era por eso que Henry Lee seguía esperando en esa habitación de hotel a que la siguiente chica llegara.

*

Tres golpecitos gentiles estallaron al otro lado de la puerta. Henry Lee se incorporó y se dirigió tambaleándose hacia ella. ¿Cuánto tiempo había dormido? Se pasó los dedos por el cabello mojado y antes de abrir la puerta trató de trazar una imagen mental de lo que encontraría al otro lado.

Dos ojos verdes grisáceos le saludaron colgados del rostro de aquella chica. Era joven. Demasiado joven, pensó. Su cuerpo menudo irrumpió en la habitación como una tormenta de verano, sin mediar palabra. Él cerró la puerta y se quedó con la espalda pegada a la pared, mirándola. Su vestido verde de lentejuelas brillaba con tal intensidad que parecía hecho enteramente de luz. Su pelaje estaba decorado con tinta de colores vivos inyectada directamente en la dermis. Su cabello de color platino parecía haber librado una batalla contra sí mismo y haber ganado y perdido a la vez.

Para una mujer así su apariencia es un arma de doble filo, pensó Henry Lee. Con ella puede aprisionar a los hombres, someterlos a su voluntad. Y a la vez esa ilusión superficial es la prisión que viste de por vida. La complejidad de su pensar jamás consigue librarse de esos barrotes y nadie la ve si no para mucha atención.

La chica miró de soslayo a Henry Lee, con el pulgar de la mano derecha posado sobre su mentón.

—¿Te conozco? —preguntó, de manera casual.

—No lo creo.

La chica arrojó el diminuto bolso blanco que sostenía sobre una silla y dio dos pasos hacia él.

—¿Me conoces?

, pensó Henry Lee, eres la número once.

—No —dijo en vez de eso—, me acordaría. No soy de por aquí. ¿Cómo te llamas?

—¿Cómo quieres que me llame?

—No lo había pensado.

—Muchos hombres me llaman por el nombre de sus esposas. Otros prefieren el de algún viejo amor. —La chica se mordió el labio y bajó la mirada—. Incluso algunos me bautizan con el nombre de sus madres.

—No quiero que te llames como mi madre.

—No me importa, a algunos eso les pone cachondos como perros. No estoy aquí para juzgarte.

Henry Lee cruzó la habitación sin dejar de mirarla y luego dijo.

—Dame un nombre. El que quieras.

—Polly Jean.

—¿Polly Jean? ¿Qué clase de nombre es ese?

—Uno cualquiera. ¿Y a ti, cómo quieres que te llame?

—Henry Lee.

—Encantada de conocerte, Henry Lee —dijo Polly Jean, dando una pequeña reverencia—. ¿El dinero?

—¿Aceptas tarjeta de crédito? —dijo él, sonriendo fugazmente, y luego se sentó en la cama antes de añadir—. Sobre la mesita.

Henry Lee dejó que sus ojos recorrieran el cuerpo de la chica mientras esta se contorneaba ante él para recoger la tarifa de la carne. Sintió su mente ligera, adormilada y se vio de pronto desubicado en presencia de la chica. Con la boca dibujó dos palabras sordas.

Polly Jean.

Le gustaba como se amoldaban las sílabas a sus labios. Estaban hechas de música. Al tiempo que los finos dedos de la muchacha contaban trozos de papel, degustó su nueva adquisición y aguardó a que el monstruo hablara.

Pero no escuchó nada.

Interesante, se dijo, ¿puede ser…?

Satisfecha, Polly Jean guardó el dinero en su diminuto bolso bloanco. Se quitó los zapatos de aguja plateados y se deslizó como un reptil hasta Henry Lee, dejándose caer sobre su regazo. Dos manos se enredaron en su cabello, todavía húmedo. Ella le mostró unos dientes grandes y brillantes como gemas.

—¿Eres un buen hombre, Henry Lee?

Él asió las nalgas de la chica con fuerza.

—Este mundo no es bueno con las buenas personas, palomita.

—Túmbate —ordenó ella—, esta noche yo seré buena contigo.

—No quiero tumbarme.

—Túmbate —repitió ella, recalcando cada silaba con un beso a lo largo de su yugular—, te prometo que nunca has conocido ninguna como yo.

*

Todavía con la respiración agitada, Henry Lee se zafó de la chica, se alzó y se acercó al gran ventanal. Separó las cortinas, abrió la ventana y salió al estrecho balconcillo de la habitación. Estaba desnudo y la brisa gélida de la noche le envolvió con miles de agujas. Con las palmas de las manos aferradas a la baranda, contempló el puerto.

Era la hora menguada y los barcos brillaban sobre el manto negro del mar con luces de colores. Bajo sus pies las calles comerciales de la ciudad vibraban con los pasos de jóvenes que iban y venían entre voces y risas. ¿Quién no desearía desaparecer allí, bajarse de la rueda y dejarse llevar por el olvido?

En ocasiones se sentía fuera de sí. Una parte de él le gritaba desde algún lugar remoto, le decía que existía algo más allá de los límites de su cuerpo, del aire que lo rodeaba y de la luz de neón que le cegaba la vista. Esa sensación, similar a la de despertarse a medio soñar, le avergonzaba y nunca la compartía con nadie, ni con la mujer que dormía a su lado ni con las que morían por su mano.

—Aún es pronto Henry Lee, túmbate conmigo —dijo Polly Jena desde la cama, estirándose como un felino perezoso—. Has pagado por mí y has pagado muy bien.

Él no dijo nada. Se quedó en el balconcillo y dejó que el viento secara su sudor.

El cuerpo de la chica susurró al deslizarse entre las sábanas y al poco unos pasos descalzos se acercaron a él timoratos. El tacto frío del vidrio mojado contra el dorso de su mano le cogió por sorpresa. Se volvió y Polly Jean le dedicó una mirada risueña. Se llevó la boca de la botella a los labios y la envolvió como si de un falo se tratara. Saboreó un profundo trago de licor y cuando se dio por saciada, le ofreció a él la botella.

—El alcohol es el abrigo que buscamos en las noches de tormenta —le dijo apenada—, ¿no te parece? A veces nos protege y nos mantiene a salvo, a veces nos abandona a la intemperie.

La cara de la chica era sombría, al igual que sus ojos y la cadencia en su voz. Parecía preparada para escapar en cualquier momento. Algo salvaje se escondía en su sutileza. Estar desnudos, el uno frente al otro, era para Henry Lee un ejercicio de sinceridad, de purificación mutua, una forma de proclamar que no tenían nada que ocultar.

Una ficción íntima.

Luego tomó la botella en su mano y bebió. El alcohol le inundó la garganta y sus pupilas se contrajeron. El deseo de la sangre no había aparecido. Tal vez su ansia se había disipado, quizá por una vez podría dejar a una irse todavía con su vida en la mano. La número once podría ser cualquier otra. Un pequeño acto de misericordia a cambio de todos sus crímenes privados.

Sin esperar a que dijera nada, Polly Jean giró sobre sus talones y volvió dentro de la habitación.

—¿A dónde vas? —preguntó Henry Lee, apretando los dedos entorno a la botella.

Ella se detuvo y volteó la mitad superior de su cuerpo para poder mirarle.

—Al baño. Necesito lavarme un poco.

Henry Lee apretó el cuello de la botella con las dos manos. Entró y se acercó a Polly Jean sonriendo. Ella se inclinó hacia adelante, ofreciéndose, y, sin soltar la botella, él le enroscó un furioso beso en los labios.

Y con un movimiento certero, Henry Lee le reventó la botella en la cabeza.

*

Existen muchas maneras de morir, pensó Henry Lee, pero solo los moribundos se tumban y se dejan morir.

Sentado en el suelo al lado del cuerpo inerte de la chica, se distrajo durante horas contemplando la sangre roja danzar con el licor y los trocitos de cristal esparcidos por todas partes. La expresión de Polly Jean era de paz absoluta. Al instante sintió la envidia florecer dentro de su pecho. La auténtica tragedia no era la muerte en sí, sino el desperdicio de esa belleza.

Y como si nada, una idea anidó en su cerebro.

Henry Lee se llevó la mano a la boca para tapar una media sonrisa. Recogió el cuello de la botella del suelo, el único fragmento que había quedado de un tamaño mayor que la uña de su dedo gordo, y se lo guardó en el bolsillo del pantalón. Se levantó y agarró los tobillos de la chica y la arrastró por la habitación hasta el baño.

Allí se encontró con el cuerpo de la chica de los labios rojos que lo miraba desde la bañera. Su piel empezaba ya a marchitarse. Sin sangre que les inyectara vida, sus labios se habían extinguido en el gris que ahogaba su tez. Los muertos no pueden juzgar los actos de los vivos, se dijo para tranquilizarse.

La ignoró y centró su atención en el cuerpo fresco de Polly Jean. La dejó con sumo cuidado en el suelo y se sacó el cuello de la botella del bolsillo. Examinó el pedazo de cristal. De un extremo sobresalía una punta afilada.

Servirá, se dijo, pero no será sencillo.

La número tres había sido una modelo de manos noruega. La había conocido en un teatro, durante un viaje de negocios años atrás. No había nada en ella que la hiciera notable, seguramente hubiera pasado desapercibida paseando por cualquier calle concurrida. Pero sus manos… Dios santo, esas manos eran exquisitas. La había apuñalado en un callejón al que la había atraído con la promesa de desatar su pasión al amparo de las sombras.

Entre besos y caricias, Henry Lee la había apuñalado en el corazón, introduciendo un fino cortaplumas entre sus costillas. Luego, en lugar de huir, se había detenido a contemplar las manos de la mujer. Se consternó al pensar que nunca más las volvería a ver y sin dudarlo un instante trató de amputárselas.

Pero aquel primer intento de cobrarse un trofeo había sido un desastre de tendones desgarrados, piel resquebrajada, huesos rotos y músculos retorcidos. Nunca más había intentado algo similar. Hasta ahora. Esta vez lo haría con más cuidado.

Con la punta del trozo de cristal trazó una línea roja en la frente de Polly Jean. Su mano temblaba de emoción y su trazo, lejos de ser recto y certero, se volvió impreciso. Se agarró la muñeca con la otra mano y trató de serenarse. Pero de poco sirvió.

Dejó el pedazo de cristal en el lavabo, salió del baño acelerado y se dirigió hacia el balconcillo. Una niebla oscura revoloteaba en el horizonte, ocultando el sol que empezaba ya a despuntar. El viento se la llevaba entre un rugido ensordecedor. Sería de esperar que, después de lo que había hecho durante la noche, el día no se atreviera a hacer acto de presencia. Sin embargo, al ver el amanecer hincharse de luz, se percató de que sus actos carecían de trascendencia real.

Sus manos no dejaban de temblar. Su corazón parecía decidido a escalar por su garganta. Supuso que estaba teniendo uno de sus habituales ataques de ansiedad, cuando un dolor ardiente le golpeo en pleno sistema nervioso. Tardó unos segundos entre el desconcierto inicial y la aceptación de lo que sucedía. Se llevó la mano izquierda al costado y con la yema de los dedos palpó un objeto liso y tubular incrustado en él.

De rebato respirar se volvió en una actividad pesada, al tiempo que su vista se velaba y el mundo a su alrededor empezaba a dar vueltas en torno a él. Se giró para encontrarse de nuevo frente a la pequeña Polly Jean, con la cara regada por su propia sangre. La chica tenía lágrimas en sus ojos y gimoteaba asustada.

Henry Lee pensó en su mujer, esperando por él en su hogar, y se dio cuenta de que la había condenado a esperar para siempre.

—Ser honesto con uno mismo lo arruina todo —dijo, sorteando la sangre en su garganta—, ¿verdad?

Y así, sin más, Henry Lee se dejó llevar por el viento.


Entrevista en Castle Rock Asylum.

"No te levantas un día, te preparas unas tostadas, un café y proclamas al mundo ‘¡A partir de hoy voy a ser escritor!’. Creo que escribir es una necesidad que surge de la pasión por la lectura, el querer contar esas historias que te gustaría que alguien escribiera para poderlas leer tú."

La buena gente de Castle Rock Asylum han tenido a bien acogerme en su sanatorio mental para hablar de naves espaciales y cosas de locos.

La literatura te devuelve lo que le das.

 

La semana pasada fue muy especial para quien os escribe. Tuve la ocasión de pasar dos jornadas con gente maravillosa y lo más importante, hablando de cosas que nos apasionan. El marte 28 en la librería Gigamesh de Barcelona presentamos EL ETERNO RETORNO, y no se me ocurre mejor puesta de largo para la novela. Gigamesh es una de esas paradas obligatorias para todos los amantes de la ciencia ficción, el fantástico y la cultura popular en general. Solo cruzar sus puertas te invade esa sensación tribal de comunidad que tan raramente experimentamos en nuestro día a día. La presentación salió a pedir de boca. Siempre he sido muy reticente con las presentaciones de libros porque es muy fácil acabar hablando más de uno mismo que de la novela en sí, pero creo que conseguimos que el acto fuera ameno para los asistentes y pasarlo tan bien que casi nos cierran la librería con nosotros dentro.


El sábado volvimos a Gigamesh para realizar una actividad un tanto diferente. En la pasada Fancon de Barcelona preparamos unas ‘fights’, que no eran si no una excusa para debatir de forma animada sobre temas que van surgiendo periódicamente dentro del fandom. En este caso quisimos llevar la idea un poco más allá y juntamos a 8 participantes —Guillem Pérez, Josep Busquet, Mireia Ortega, Joel Badia, Juanmi Marí, Oriol Estrada —AKA Capitán Urías—, Narcís Tomás y yo mismo— y bajo la supervisión de Lluís Salart nos partimos la cara a puñetazo limpio y con buen humor. No importa quien acabará ganando la competición… Vale, mi equipo perdió miserablemente, pero no hay porque regodearse. La verdad es que la experiencia salió incluso mejor de lo que esperábamos, los asistentes rieron tanto o más que los participantes mismos, y esperamos poder repetir en un futuro no muy lejano.


Después de una semana así volver al mundo real se hace duro, pero lo hago cargado de energía para seguir pasándolo bien escribiendo y difundiendo estas historias y esta parte de la cultura menos conocida por los ‘civiles’ pero que tanto nos da a los que la disfrutamos. Dejadme agradecer a Gigamesh que nos acogieran de tan buen grato estos dos días, a Alberto por ejercer de anfitrión y hacernos sentir como en casa, a Lluís por sumarse a los dos eventos e invitarme a comer en el Big Al’s, a Guillem y Almu por acogerme en su sofá —a vosotros os echaré de menos, al sofá no—, a Josep, Oriol, Joel, Narcís, Mireia, Juanmi por vuestro sentido del humor, a vosotros solo os digo ¡LA VENGANZA SERÁ MÍA!