Historias con color: la importancia de la diversidad en la ficción.

Aquellos que me conozcáis sabréis que me gusta que mis novelas estén pobladas de personajes diversos, no por la mera razón de aportarles diversidad a la trama, sino porque el mundo real, el mundo en el que vivo, está poblado por personas muy diferentes entre sí. Pandora Despierta, por ejemplo, está protagonizada por dos chicos cuya sexualidad no es la normativa, y además uno de ellos, Raj, también tiene una etnia distintiva. En el caso de El Eterno Retorno, al poder explorar sociedades futuras tanto en Marte como en la Tierra pude hacer una extrapolación de las sociedades occidentales y su multiculturalidad. En ellas tenemos personajes bisexuales, polígamos y de razas diversas, en muchos casos producto de la mezcla que cada vez es más habitual incluso hoy en día. Esto seguramente es producto de mis años en la universidad, durante los cuales me harté de estudiar y analizar infinidad de obras pasándolas por el prisma de teorías como el postcolonialismo, el feminismo, las nuevas masculinidades y la teoría queer. Y aun así, con dos novelas publicadas, la tercera en camino y años de estudiar y debatir sobre el tema, me encuentro todavía perdido ante los dilemas de incorporar a mi escritura identidades que no son la mía.

Hablar sobre representación racial en la ficción no es sencillo. Hay muchas opiniones involucradas, muchas sensibilidades a tener en cuenta y más veces que pocas el debate se acaba embarrando. Sin embargo, lo que creo que queda meridianamente claro es que la raza, el género, la sexualidad y, en definitiva, la identidad de los personajes que construimos los escritores merecen de una reflexión consciente tanto por parte de los mismos autores como de los lectores. Nuestra etnia, por ejemplo, es una parte importantísima de quiénes somos y las experiencias que vivimos y viviremos a lo largo de nuestra vida. No basta con describir la apariencia de un personaje si no reflexionas también en cómo ello afecta a sus interacciones con el mundo que lo rodea, en el efecto que estas tienen en su forma de ser. No obstante, tampoco puedes tratar de desarrollar discursos sociales sobre cuya realidad es posible que conozcas más bien poco. Lo mismo pasa al representar personajes femeninos o personajes cuya sexualidad escapa de lo que tradicionalmente se ha considerado 'normativo'. La dificultad para mí reside en cómo navegar las traicioneras aguas que corren entre la ‘representación’ y la ‘apropiación’, el no esconderse del reto de escribir personajes diversos sin dejar que se conviertan en arquetipos definidos solamente por esa característica distintiva.

La primera duda que me embarga siempre es, ¿necesito que mis novelas contengan diversidad? La verdad es que no. La literatura está llena de novelas cuyos personajes se adhieren en su totalidad a la identidad que tradicionalmente se ha asociado a la neutralidad, es decir, blanco, heterosexual y de clase media. Nadie ha puesto nunca el grito en el cielo por ello e incluso hay autores que reniegan, con todo su derecho, de la necesidad de especificar estos aspectos a la hora de describir a sus personajes. Clasificar a la gente es una forma de discriminación, ¿verdad? Pongamos que escribo la historia de Joan, un chaval de Barcelona que vive con sus padres en Poblenou y por las noches sale a cazar vampiros con su mejor amigo Carlos. Si no doy más detalles sobre quiénes son Joan y Carlos, y salto directamente a la parte en la que empalan seres de la noche, nuestra mente rellenará los espacios que el texto ha dejado en blanco recurriendo casi siempre a la identidad social ‘por defecto’. A nadie se le ocurriría, por ejemplo, que Joan es un chico de ascendencia senegalesa que fue adoptado de niño por Jordi y Óscar, un matrimonio homosexual. O que Carlos es en realidad Carlota, una adolescente que sigue un tratamiento hormonal para que su cuerpo esté más en consonancia con su identidad. Esto, claro, es una exageración, pero una cosa de la que hay que ser muy consciente es que el mundo real no es, ni mucho menos, monocromático. Cada día cuando salgo de casa y paseo por Barcelona me cruzo con un océano multicolor de caras, razas, herencias culturales y familiares, personas que aman cómo y a quién quieren, cuerpos de todas las formas y tamaños imaginables… Este es el mundo en el que vivo. Podría elegir ignorarlo en mis escritos y no tendría que excusarme por ello, pero no dejaría de ser eso: una elección.

Ignorar la realidad al no representar las diversidad de identidades que habitan en nuestra sociedad puede ser un problema, pero no es el único. En el otro extremo de la balanza nos encontramos la 'apropiación' que a veces se produce cuando un autor escribe sobre una identidad que no es la suya. La razón suele ser que esa escritura se realiza desde fuera hacia adentro. Yo no puedo saber a ciencia cierta cuál es la realidad vivida por una persona de otra raza porque nunca me he tenido que enfrentar a la discriminación por el color de mi piel. Tampoco he tenido ningún problema por ir paseando de la mano con mi mujer por Passeig de Gràcia. Lo único que puedo hacer es tratar de imaginarme esa realidad, y eso también tiene sus peligros.

¿Qué resulta más dañino, la mala representación y la apropiación, o la no representación? Sinceramente, no lo sé. Lo que sí sé es que estoy harto de que los héroes tengan todos la misma cara, de que las grandes historias de amor sean todas versiones de la misma, y de que todo aquello que huele a ‘otroridad’ quede relegado a ser un mero adorno. Creo que representar en la ficción identidades que no son la tuya es posible. Lo mejor que un autor puede hacer para lograrlo es despegar el culo de la silla y salir a la calle, observar a la gente, hablar con ellos, interesarse por sus experiencias y estar preparado para cometer errores. Nadie te obliga a escribir personajes desde la diversidad, pero sí tienes la obligación de prestar atención al mundo en el que vives. Hay muchas historias que merecen ser contadas dentro de tu narrativa.

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