Sobre Scarlett Johanson, Anime japonés y apropiación cultural.

No tenía ninguna intención de escribir nada sobre este tema, al fin y al cabo es de esos debates que se generan en el fandom y que no suelen llevar a ninguna parte. Pero ya van varias veces leyendo comentarios bastante desafortunados por las redes y he pensado ¿qué coño? no siempre tengo la oportunidad de sacar a relucir los superpoderes que me confiere tener un máster en construcción y representaciones de identidades culturales. ¿Qué? ¿Qué tener un máster no me da superpoderes? Sabía yo que tendría que haberme gastado el dinero en drogas y putas. A ver, a lo que vamos, repetid conmigo, que Scarlett Johanson interprete a la mayor Motoko Kusanagi está maaaaaaaaal…


…solo que en realidad no lo está. Es de hecho, sobre el papel, una elección más bien lógica. Scarlett Johanson seguramente sea una de las actrices con más tirón en la taquilla mundial ahora mismo, capaz de hacer que una basura infumable la peli más flojilla de Luc Besson, Lucy (2014), se convierta en un éxito inesperado. Además algo que tendemos a olvidar es que es muy buena actriz. Detrás de la celebrity en la que se ha convertido se esconde una actriz que con sus primeros papeles en Lost in Translation (Sofia Coppola, 2003) y La chica de la perla (Peter Webber, 2003) se ganó el reconocimiento tanto del público como de la crítica, y más adelante ha llegado incluso a convertirse en musa de Woody Allen. La adaptación de Ghost in the Shell es una producción de más de 100 millones de dólares y no podemos esperar que Hollywood ponga ese dinero sobre la mesa sin al menos guardarse alguna garantía de poder recuperar la inversión, en forma de un nombre reconocible con el que empapelar las marquesinas de medio mundo. ¿Qué actriz japonesa hay en día que pueda asegurar una atención mediática similar? Ninguna porque no tienen ni siquiera oportunidad de labrarse una carrera en Hollywood. Incluso la editorial del manga original dice que el casting es acertado. El problema es algo más complejo que eso.

Parece que el casting de actores caucásicos para interpretar personajes no occidentales se ha convertido en algo que muchas personas ya no están dispuestas a pasar por alto. The Last Airbender (M. Night Shyamalan, 2010), The Lone Ranger (Gore Verbinski, 2013), Pan (Joe Wright, 2015), Exodus (Ridley Scott, 2014), Gods of Egypt (Alex Proyas, 2016) y hasta la esperada Doctor Strange (Scott Derrickson, 2016) presentan personajes marcadamente NO BLANCOS interpretados por actores caucásicos. Que seamos más conscientes de que este hecho resulta un tanto extraño por repetitivo es un síntoma de madurez social, más si tenemos en cuenta que también queda todavía mucha gente que pone el grito en el cielo cuando ven a un stormtropper negro Idris Elba es elegido para protagonizar la adaptación de La Torre Oscura de Stephen King (aun cuando el mismo autor habla maravillas de la decisión). ¡Pero no es lo mismo! ¡Roland Deschain es explícitamente blanco en las novelas y los personajes de anime están dibujados como occidentales! Claman los intelectuales por las redes sociales.

De hecho los personajes de anime están dibujados como… personas. El que nosotros los veamos como occidentales es una mera cuestión de percepción. No, los japoneses no nos idolatran por ser occidentales, no quieren ser como nosotros, no ansían arrancarse los parpados para parecerse más a nosotros. El primer artista en presentar personajes con ojos grandes en la animación japonesa fue Osamu Tezuka, uno de los padres del género y creador del manga y la mítica serie de TV Astro Boy (1963). En varias entrevistas mencionó que la inspiración para ello le vino por Betty Boop —en serio, buscadlo, no os tomo el pelo—, personaje muy popular en Japón en aquella época, y otros personajes como Mickey Mouse. El caso es que la serie se convirtió en un éxito y ha influenciado el manga y el anime japonés hasta nuestros días.

En animación y en dibujo, además, unos ojos exageradamente grandes son muy útiles para transmitir emociones, otra de las razones que pudieron influir en su uso por parte de Tezuka y otros artistas posteriores. En realidad los ojos, tanto en el cómic como en animación, no son tanto una marca de etnicidad como un recurso artístico. La idea de que los personajes de anime están dibujados como occidentales se debe también a que tradicionalmente la ‘otroridad’ —todo lo que no sea blanco/occidental/heterosexual— en ficción debe ser hecha explicita para que la veamos. Si en una novela se nos presenta un personaje sin ninguna descripción física y un nombre sin marca racial tendemos a otorgarle una identidad blanca porque es la identidad que entendemos ‘por defecto’. ¿Qué no me creéis? ¿Sabéis cuanta gente sigue creyendo que Alexander Dumas, el padre de los tres mosqueteros, era un señor francés blanco y con bigote, y si les dices que no es así te miran con cara de incredulidad? Probadlo un día. Los japoneses cuando leen manga o ven anime lo que ven son personajes japoneses.


Volvamos a lo que nos ocupa. ¿Por qué es malo que Scarlett Johanson interprete a la protagonista de Ghost in the Shell? Primero por la mera idea de que el responsable de Snow White and the Huntsman, Rupert Sanders, famoso por tirarse a por su indiscreción con Kristen Stewart, ponga sus manos sobre una de la obras referente del manga y el anime. Ghost in the Shell (Mamoru Oshii, 1995) no es solo una de la mejores películas de anime, sino también una de las mejores obras de ciencia ficción que se han hecho jamás. La idea de adaptarla a acción real me parece genial (y ojalá funcione en taquilla y podamos ver otras adaptaciones como Cowboy Bebop o Evangelion), pero digamos que el proyecto atufa bastante ya de entrada. Además, de momento que sepamos no se han ni siquiera molestado en cambiarle el nombre al personaje de Johanson y hasta ha trascendido que la productora de la cinta ha hecho tests para alterar el aspecto de los actores para parecer ‘más asiáticos’. El look en la imagen que ha trascendido encierra una cierta ironía. A diferencia de otras adaptaciones como Edge of Tomorrow (Doug Liman, 2014), cuya apropiación cultura del original All You Need Is Kill (2004, Hiroshi Sakurazaka) es total, aquí el aspecto es muy fiel al original, incluso el nombre se mantiene —figura como Kusanagi en la página de IMDB— y el tono de la fotografía resuena con la obra en la que se basa… todo parece ser bastante fiel excepto la etnia del personaje en sí. Lo que más duele tal vez no sea el cambio de etnia del personaje, sino que este cambio trate de enmascararse como cuando antiguamente los personajes de color en el teatro o en el cine estaban interpretados por actores con las caras pintadas de betún (vease el Othello de Laurence Olivier).


El problema de raíz no es el casting en sí, ni el regusto a mierda dejado por otras adaptaciones previas como Speed Racer (los hermanos las hermanas Wachowski, 2008) o Dragonball Evolution (James Wong, 2009), sino el peligro de que esto se convierta en algo aceptado sin más y que hasta seamos capaces de justificarlo sin pararnos a pensar en el ejercicio de apropiación cultural que hay detrás del hecho de no tener más representación de minorías étnicas en el cine.



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