Glassing, una historia de amor fugaz.


Henry Lee suspiró un par de veces y una sonrisa afloró en sus labios. Las noches como aquella le hacían desear que el discurrir del tiempo se interrumpiera y la copa en su mano estuviera llena hasta su último suspiro. Un ligero soplo de arrepentimiento pasó de largo entre trago y trago, dejándolo tirado en una habitación de hotel anónima, en una ciudad como cualquier otra de las miles que brillaban en el lado oscuro de la tierra, sin más compañía que la de sus apetitos primarios.

Su habitación estaba situada en una esquina de la tercera planta. Era espaciosa y contaba con una impresionante vista del puerto, aunque las cortinas corridas impedían ahora ver nada. Sobre el escritorio marrón su teléfono móvil proyectaba una voz de barítono compuesta por muchas otras voces enlazadas, cantando sobre amor y violencia.

El colchón de la amplia cama de matrimonio era firme como el mármol y eso le complacía todavía más que las vistas y la voz de aquel hombre. Recostado sobre las sábanas de terciopelo morado, con una mano aferrada a una copa de vodka helado y la otra acariciando el suave tejido, se sentía como un muerto en un velatorio.

Llevaba la camisa abierta y tenía el pecho empapado. El cabello negro y ondulado se le pegaba a la cara por el sudor. Los arañazos en sus brazos le escocían y sangraban profusamente, manchándole las mangas blancas. La mujer con la que había subido a la habitación había resultado ser más fiera de lo que su aspecto de corderito insinuaba.

Era joven, pero no lo suficiente, había pensado al verla. Sus labios estaban decorados con el carmesí de los pétalos de rosa y eran tan delicados y tiernos como su cuello. Henry Lee había dejado el cuerpo de la chica dentro de la bañera del cuarto de baño.

Era allí donde había sentido el desengaño estrujar su corazón.

Siempre había algo. Un gesto demasiado forzado. Una sonrisa un tanto artera. Una curva mal trazada. Y para cuando se percataba de lo que estaba haciendo ya era demasiado tarde. La sangre que había brotado del cuello de la chica de labios rojos había formado un charco espeso en la bañera, ceñido alrededor de su cuerpo desnudo. Incluso con la puerta cerrada, podía escuchar la sangre derramarse y avanzar a rastras por el suelo hacia él, culpándole del crimen de ser fiel a sus instintos más salvajes.

Con ella debería haber bastado. La número nueve había sido meses atrás y durante todo ese tiempo no había vuelto a verse vencido por la decepción. Debería haber vuelto a casa. Debería haber tomado el primer avión, abandonar esa ciudad cuando todavía la noche podía ocultar al monstruo bajo su piel. Su mujer esperaba su regreso y él deseaba regresar.

Pero esa noche era diferente. La saciedad no había acabado de llegar nunca. Quería más.

En el mundo real se veía sometido a los elementos y a aquellos que hacían de él una herramienta. Ese era el orden de las cosas y Henry Lee lo aceptaba. Excepto aquellas noches en las que el sometimiento se volvía asfixiante, cuando simular su humanidad se volvía agotador y para no desaparecer y perderse en la imagen externa de sí mismo, aflojaba las riendas de la razón y se dejaba ir.

Era por eso que Henry Lee seguía esperando en esa habitación de hotel a que la siguiente chica llegara.

*

Tres golpecitos gentiles estallaron al otro lado de la puerta. Henry Lee se incorporó y se dirigió tambaleándose hacia ella. ¿Cuánto tiempo había dormido? Se pasó los dedos por el cabello mojado y antes de abrir la puerta trató de trazar una imagen mental de lo que encontraría al otro lado.

Dos ojos verdes grisáceos le saludaron colgados del rostro de aquella chica. Era joven. Demasiado joven, pensó. Su cuerpo menudo irrumpió en la habitación como una tormenta de verano, sin mediar palabra. Él cerró la puerta y se quedó con la espalda pegada a la pared, mirándola. Su vestido verde de lentejuelas brillaba con tal intensidad que parecía hecho enteramente de luz. Su pelaje estaba decorado con tinta de colores vivos inyectada directamente en la dermis. Su cabello de color platino parecía haber librado una batalla contra sí mismo y haber ganado y perdido a la vez.

Para una mujer así su apariencia es un arma de doble filo, pensó Henry Lee. Con ella puede aprisionar a los hombres, someterlos a su voluntad. Y a la vez esa ilusión superficial es la prisión que viste de por vida. La complejidad de su pensar jamás consigue librarse de esos barrotes y nadie la ve si no para mucha atención.

La chica miró de soslayo a Henry Lee, con el pulgar de la mano derecha posado sobre su mentón.

—¿Te conozco? —preguntó, de manera casual.

—No lo creo.

La chica arrojó el diminuto bolso blanco que sostenía sobre una silla y dio dos pasos hacia él.

—¿Me conoces?

, pensó Henry Lee, eres la número once.

—No —dijo en vez de eso—, me acordaría. No soy de por aquí. ¿Cómo te llamas?

—¿Cómo quieres que me llame?

—No lo había pensado.

—Muchos hombres me llaman por el nombre de sus esposas. Otros prefieren el de algún viejo amor. —La chica se mordió el labio y bajó la mirada—. Incluso algunos me bautizan con el nombre de sus madres.

—No quiero que te llames como mi madre.

—No me importa, a algunos eso les pone cachondos como perros. No estoy aquí para juzgarte.

Henry Lee cruzó la habitación sin dejar de mirarla y luego dijo.

—Dame un nombre. El que quieras.

—Polly Jean.

—¿Polly Jean? ¿Qué clase de nombre es ese?

—Uno cualquiera. ¿Y a ti, cómo quieres que te llame?

—Henry Lee.

—Encantada de conocerte, Henry Lee —dijo Polly Jean, dando una pequeña reverencia—. ¿El dinero?

—¿Aceptas tarjeta de crédito? —dijo él, sonriendo fugazmente, y luego se sentó en la cama antes de añadir—. Sobre la mesita.

Henry Lee dejó que sus ojos recorrieran el cuerpo de la chica mientras esta se contorneaba ante él para recoger la tarifa de la carne. Sintió su mente ligera, adormilada y se vio de pronto desubicado en presencia de la chica. Con la boca dibujó dos palabras sordas.

Polly Jean.

Le gustaba como se amoldaban las sílabas a sus labios. Estaban hechas de música. Al tiempo que los finos dedos de la muchacha contaban trozos de papel, degustó su nueva adquisición y aguardó a que el monstruo hablara.

Pero no escuchó nada.

Interesante, se dijo, ¿puede ser…?

Satisfecha, Polly Jean guardó el dinero en su diminuto bolso bloanco. Se quitó los zapatos de aguja plateados y se deslizó como un reptil hasta Henry Lee, dejándose caer sobre su regazo. Dos manos se enredaron en su cabello, todavía húmedo. Ella le mostró unos dientes grandes y brillantes como gemas.

—¿Eres un buen hombre, Henry Lee?

Él asió las nalgas de la chica con fuerza.

—Este mundo no es bueno con las buenas personas, palomita.

—Túmbate —ordenó ella—, esta noche yo seré buena contigo.

—No quiero tumbarme.

—Túmbate —repitió ella, recalcando cada silaba con un beso a lo largo de su yugular—, te prometo que nunca has conocido ninguna como yo.

*

Todavía con la respiración agitada, Henry Lee se zafó de la chica, se alzó y se acercó al gran ventanal. Separó las cortinas, abrió la ventana y salió al estrecho balconcillo de la habitación. Estaba desnudo y la brisa gélida de la noche le envolvió con miles de agujas. Con las palmas de las manos aferradas a la baranda, contempló el puerto.

Era la hora menguada y los barcos brillaban sobre el manto negro del mar con luces de colores. Bajo sus pies las calles comerciales de la ciudad vibraban con los pasos de jóvenes que iban y venían entre voces y risas. ¿Quién no desearía desaparecer allí, bajarse de la rueda y dejarse llevar por el olvido?

En ocasiones se sentía fuera de sí. Una parte de él le gritaba desde algún lugar remoto, le decía que existía algo más allá de los límites de su cuerpo, del aire que lo rodeaba y de la luz de neón que le cegaba la vista. Esa sensación, similar a la de despertarse a medio soñar, le avergonzaba y nunca la compartía con nadie, ni con la mujer que dormía a su lado ni con las que morían por su mano.

—Aún es pronto Henry Lee, túmbate conmigo —dijo Polly Jena desde la cama, estirándose como un felino perezoso—. Has pagado por mí y has pagado muy bien.

Él no dijo nada. Se quedó en el balconcillo y dejó que el viento secara su sudor.

El cuerpo de la chica susurró al deslizarse entre las sábanas y al poco unos pasos descalzos se acercaron a él timoratos. El tacto frío del vidrio mojado contra el dorso de su mano le cogió por sorpresa. Se volvió y Polly Jean le dedicó una mirada risueña. Se llevó la boca de la botella a los labios y la envolvió como si de un falo se tratara. Saboreó un profundo trago de licor y cuando se dio por saciada, le ofreció a él la botella.

—El alcohol es el abrigo que buscamos en las noches de tormenta —le dijo apenada—, ¿no te parece? A veces nos protege y nos mantiene a salvo, a veces nos abandona a la intemperie.

La cara de la chica era sombría, al igual que sus ojos y la cadencia en su voz. Parecía preparada para escapar en cualquier momento. Algo salvaje se escondía en su sutileza. Estar desnudos, el uno frente al otro, era para Henry Lee un ejercicio de sinceridad, de purificación mutua, una forma de proclamar que no tenían nada que ocultar.

Una ficción íntima.

Luego tomó la botella en su mano y bebió. El alcohol le inundó la garganta y sus pupilas se contrajeron. El deseo de la sangre no había aparecido. Tal vez su ansia se había disipado, quizá por una vez podría dejar a una irse todavía con su vida en la mano. La número once podría ser cualquier otra. Un pequeño acto de misericordia a cambio de todos sus crímenes privados.

Sin esperar a que dijera nada, Polly Jean giró sobre sus talones y volvió dentro de la habitación.

—¿A dónde vas? —preguntó Henry Lee, apretando los dedos entorno a la botella.

Ella se detuvo y volteó la mitad superior de su cuerpo para poder mirarle.

—Al baño. Necesito lavarme un poco.

Henry Lee apretó el cuello de la botella con las dos manos. Entró y se acercó a Polly Jean sonriendo. Ella se inclinó hacia adelante, ofreciéndose, y, sin soltar la botella, él le enroscó un furioso beso en los labios.

Y con un movimiento certero, Henry Lee le reventó la botella en la cabeza.

*

Existen muchas maneras de morir, pensó Henry Lee, pero solo los moribundos se tumban y se dejan morir.

Sentado en el suelo al lado del cuerpo inerte de la chica, se distrajo durante horas contemplando la sangre roja danzar con el licor y los trocitos de cristal esparcidos por todas partes. La expresión de Polly Jean era de paz absoluta. Al instante sintió la envidia florecer dentro de su pecho. La auténtica tragedia no era la muerte en sí, sino el desperdicio de esa belleza.

Y como si nada, una idea anidó en su cerebro.

Henry Lee se llevó la mano a la boca para tapar una media sonrisa. Recogió el cuello de la botella del suelo, el único fragmento que había quedado de un tamaño mayor que la uña de su dedo gordo, y se lo guardó en el bolsillo del pantalón. Se levantó y agarró los tobillos de la chica y la arrastró por la habitación hasta el baño.

Allí se encontró con el cuerpo de la chica de los labios rojos que lo miraba desde la bañera. Su piel empezaba ya a marchitarse. Sin sangre que les inyectara vida, sus labios se habían extinguido en el gris que ahogaba su tez. Los muertos no pueden juzgar los actos de los vivos, se dijo para tranquilizarse.

La ignoró y centró su atención en el cuerpo fresco de Polly Jean. La dejó con sumo cuidado en el suelo y se sacó el cuello de la botella del bolsillo. Examinó el pedazo de cristal. De un extremo sobresalía una punta afilada.

Servirá, se dijo, pero no será sencillo.

La número tres había sido una modelo de manos noruega. La había conocido en un teatro, durante un viaje de negocios años atrás. No había nada en ella que la hiciera notable, seguramente hubiera pasado desapercibida paseando por cualquier calle concurrida. Pero sus manos… Dios santo, esas manos eran exquisitas. La había apuñalado en un callejón al que la había atraído con la promesa de desatar su pasión al amparo de las sombras.

Entre besos y caricias, Henry Lee la había apuñalado en el corazón, introduciendo un fino cortaplumas entre sus costillas. Luego, en lugar de huir, se había detenido a contemplar las manos de la mujer. Se consternó al pensar que nunca más las volvería a ver y sin dudarlo un instante trató de amputárselas.

Pero aquel primer intento de cobrarse un trofeo había sido un desastre de tendones desgarrados, piel resquebrajada, huesos rotos y músculos retorcidos. Nunca más había intentado algo similar. Hasta ahora. Esta vez lo haría con más cuidado.

Con la punta del trozo de cristal trazó una línea roja en la frente de Polly Jean. Su mano temblaba de emoción y su trazo, lejos de ser recto y certero, se volvió impreciso. Se agarró la muñeca con la otra mano y trató de serenarse. Pero de poco sirvió.

Dejó el pedazo de cristal en el lavabo, salió del baño acelerado y se dirigió hacia el balconcillo. Una niebla oscura revoloteaba en el horizonte, ocultando el sol que empezaba ya a despuntar. El viento se la llevaba entre un rugido ensordecedor. Sería de esperar que, después de lo que había hecho durante la noche, el día no se atreviera a hacer acto de presencia. Sin embargo, al ver el amanecer hincharse de luz, se percató de que sus actos carecían de trascendencia real.

Sus manos no dejaban de temblar. Su corazón parecía decidido a escalar por su garganta. Supuso que estaba teniendo uno de sus habituales ataques de ansiedad, cuando un dolor ardiente le golpeo en pleno sistema nervioso. Tardó unos segundos entre el desconcierto inicial y la aceptación de lo que sucedía. Se llevó la mano izquierda al costado y con la yema de los dedos palpó un objeto liso y tubular incrustado en él.

De rebato respirar se volvió en una actividad pesada, al tiempo que su vista se velaba y el mundo a su alrededor empezaba a dar vueltas en torno a él. Se giró para encontrarse de nuevo frente a la pequeña Polly Jean, con la cara regada por su propia sangre. La chica tenía lágrimas en sus ojos y gimoteaba asustada.

Henry Lee pensó en su mujer, esperando por él en su hogar, y se dio cuenta de que la había condenado a esperar para siempre.

—Ser honesto con uno mismo lo arruina todo —dijo, sorteando la sangre en su garganta—, ¿verdad?

Y así, sin más, Henry Lee se dejó llevar por el viento.


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