¡Viva el amor libre intergaláctico! (o de como ya va siendo hora de que la ciencia ficción salga del armario).


La última semana ha sido bastante interesante en lo que se refiere a la lucha por la igualdad de derechos de gais y lesbianas. No solo se han celebrado los ya tradicionales desfiles del orgullo, con una aceptación cada vez más visible por parte de las instituciones, sino que además en los Estados Unidos, el tan cacareado país de la libertad, por fin se han dado cuenta de que es normal que cada cual se pueda casar con la persona a la que ama, sin importar el género de esta —detengámonos un momento para reflexionar sobre el hecho de que en España, por una vez y aunque solo sea en este aspecto, les llevamos años de ventaja a muchos países ‘civilizados’. No todo tiene que ser negatividad en nuestra casa—. La legalización del matrimonio homosexual este año en países como Irlanda y Estados Unidos es un paso lógico hacia la igualdad entre seres humanos. Un paso de los muchos que hay que dar en un proceso lento, pero afortunadamente imparable. A pesar de ser hetero —o tal vez debido a ello—, estos avances lo siento como míos. La lucha por la igualdad y la tolerancia es una lucha que nos atañe a todos sin distinción. En relación a esto la pregunta que os lanzo hoy es, ¿hasta qué punto esta nueva realidad social está siendo representada de forma abierta en la literatura y en particular en la ciencia ficción?

Una de las principales virtudes de la ciencia ficción es precisamente la capacidad que ofrece de construir futuros posibles e imaginados partiendo de la realidad actual. Es lógico pensar, entonces, que en las obras de cifi debería resultar sencillo encontrar la misma variedad sexual que cada vez va ganando más visibilidad en las sociedades contemporáneas representada y explorada con total naturalidad. Pero a pesar de ello la sexualidad sigue siendo un terreno algo opaco en comparación con las muchas otras ideas que pueblan el género. Hasta mediados de los años 50 la homosexualidad en la ciencia ficción era una entidad empleada de forma alegórica por algunos autores o directamente tachada de antinatural por otros, y en ambos casos representada de manera estereotipada. The World Well Lost, escrita en 1953 por Theodore Sturgeon, es considerada por muchos como la primera obra de ciencia ficción en tratar la homosexualidad desde la tolerancia. La historia presenta el deseo entre personajes del mismo género, tanto humanos como alienígenas, desde una perspectiva abierta y positiva, a pesar de la historia reconoce como imposible la realización de ese deseo debido a la moral dominante en la sociedad.

Posteriormente, en los años 60 y 70, ese camino abierto por Sturgeon fue explotado y ampliado por varios autores, también como una forma de estudiar la sexualidad y su papel en las sociedades contemporáneas en pleno movimiento en favor de los derechos civiles. Autores declaradamente gais como Joanna Russ y Thomas M. Disch entre otros empezaron a postular sociedades futuristas caracterizadas por la pluralidad sexual. El ejemplo más popular de esta tendencia tal vez sea La mano izquierda de la oscuridad (1969) de Ursula K. Le Guin, donde el uso de pronombres personales ambiguos, la representación de sexualidades en las que la categorización de masculino y femenino carecen de relevancia, y la abundancia de personajes que pueden ser considerados las dos cosas a la vez, desestabilizan los discursos tradicionales sobre sexualidad. Otro autor a resaltar es Samuel R. Delany, cuya novela Dhalgren (1975) —novela extremadamente recomendable— contiene algunas de las primeras escenas de sexo abiertamente homosexual dentro de la cifi.

A pesar de que desde entonces ha habido siempre historias que se han aproximado al tópico de la sexualidad de manera progresista y creativa, estas obras siguen estando eclipsadas por aquellas novelas que se limitan a aceptar la ‘normalidad’ sexual preconcebida y trasladarla tal cual al futuro próximo o lejano, sin alterarla o ponerla a prueba. Para muchos autores y lectores el futuro sigue estando determinado por las etiquetas que les resultan ‘naturales’ o más conocidas. Para ellos la sexualidad no disfruta de la misma maleabilidad y fluidez empleada para incorporar otros elementos sociales explorados de forma en la narrativa. La sexualidad que encontramos en la ciencia ficción es muchas veces una mera reproducción de los estereotipos y esquemas impuestos por la identidad heterosexual dominante.

Una de las barreras a superar es precisamente la presunción por parte de algunos miembros de la industria literaria de que la mayoría de lectores se sentirían incómodos ante una obra que presentara tendencias sexuales fuera de las predominantes. Es mucho más fácil encerrar estas relaciones dentro de la alegoría o excluirlas directamente para evitar herir sensibilidades y dañar cifras de ventas. En el caso de la ciencia ficción, seguimos a veces dando por sentado que los fans del género son casi exclusivamente hombres blancos heterosexuales incapaces de empatizar con personajes que no sean exactamente como ellos. Los autores no son ajenos a la presión por parte de las editoriales para escribir historias que puedan ‘vender’, siendo discretamente animados a dejar fuera de la narrativa personajes potencialmente controvertidos para hacer de sus libros productos más atractivos. Pero la ausencia de personajes gais o su marginalización no puede ser simplemente achacable a la presión editorial, al fin y al cabo el autor tiene el control absoluto sobre su texto.

Este miedo a que la representación de identidades no mayoritarias en un rol predominante dentro de la narrativa ahuyente al lector no deja de ser una falacia al ver que autores como Iain M. Banks, China Melville o Kim Stanley Robinson se han erigido en autores populares en todo el mundo, a pesar de tratar la homosexualidad en sus obras y desestabilizar la heterogenia predominante. El lector de ciencia ficción no es una entidad monolítica y fija, tanto las mujeres como los individuos de procedencias y tendencias sexuales diversas no solo disfrutan de la lectura de novelas de ciencia ficción como cualquier otra persona, sino que cada vez más autores surgen de ese público variado. Sin ir más lejos, Ann Leckie se llevó el año pasado el premio Hugo por su novela Justicia Auxiliar, una novela con un tratamiento fluido del género y la identidad del individuo. Además, algunos de los fenómenos de ventas más recientes a nivel global lo han sido gracias a la popularidad entre el público femenino, como pueden ser las sagas de Los Juegos del hambre, Legend y Divergente, que a pesar de ser un tanto menospreciadas por la autoproclamada élite por su contenido romanticón, han llevado temas propios del cifi a millones de lectores/as.

Personalmente como lector me gustaría ver una representación de identidades variada dentro de la ciencia ficción. La exclusión sistemática de personajes homosexuales de la narrativa en pleno siglo XXI canta cada vez más. La cifi necesita de esa diversidad para dotar a sus historias de personajes más humanos que pueblen sus maravillosos mundos y que sean coherentes con la realidad que vivimos como sociedad. Si la ciencia ficción tiene un papel que jugar en este proceso hacia la igualdad es precisamente reflejar el mundo en el que vivimos, no ignorarlo.

Los otros: la cara B de los autores clásicos de la ciencia ficción.

Esta mañana, mientras compraba unas napolitanas de chocolate en la panadería para desayunar, se me ha ocurrido preguntarle al chico que me estaba atendiendo si sabía quién era Isaac Asimov. El chico —joven, de unos veintipocos—, me ha respondido con toda la naturalidad del mundo que sí, que por supuesto que sabía quién era. ''Asimov es el nuevo lateral izquierdo que ha fichado el Betis'', me ha dicho. No me he atrevido a llevarle la cotraria. Al fin y al cabo, si Yoda juega en el Getafe, ¿por qué no puede Asimov fichar por el Betis? 


El caso es que Isaac Asimov probablemente sea el autor más conocido y más citado dentro de la ciencia ficción, y con todo merecimiento. No solo fue un autor prolífico, tanto en el campo de la novela como en el del relato, sino que su variada obra ayudó a sentar las bases del género, junto a otros autores de la ‘Edad de oro de la ciencia ficción’ como Arthur C. Clarke, Alfred Bester, Ray Bradbury, Clifford Simak, Robert A. Henlein y Frederik Pohl. Sus obras han tenido la gran virtud de ser respetadas por la crítica —unos con mayor aceptación que otros—, llegar a un público mayoritario a lo largo de varias décadas y permanecer en imprenta hasta el día de hoy. Sus nombres conforman el canon del género al que tanto fans como críticos recurren a la hora de hablar sobre el género en sí.

Lejos de mi intención negarles a estos autores el reconocimiento que merecen, pero con la perspectiva privilegiada que otorga el tiempo cabe preguntarse si el ensalzamiento recibido por determinados autores no significa inevitablemente que otros se hayan quedado en el olvido. Para cualquier lector, hasta para el fan más dedicado, resulta difícil abarcar toda la producción de un género literario, incluso de uno relativamente joven como la ciencia ficción. Algunas obras dejan de ser editadas y sobreviven solo en el recuerdo de unos pocos lectores. La pregunta que os planteo es; ¿hay algún autor de ciencia ficción que merezca ser recuperado del olvido por los lectores modernos? Los cuatro nombres que siguen a continuación son mi respuesta totalmente parcial, limitada e interesada a esa pregunta. Sus obras cayeron en mis manos por puro azar. Tal vez os resulten familiares, tal vez no. Si ya los conocéis, os animo a recomendar a aquel autor que a vosotros os marcó y que creéis que merecería ser reconocido a través de los comentarios o de vuestras propias redes sociales — ¿ #losotrosclásicosdelacf ? —, y si no los conocéis dadles un tiento, estoy seguro de que no os decepcionaran.


Poul William Anderson (25 de noviembre de 1926 – 31 de Julio de 2001).


Como muchos otros clásicos de la Edad de oro, Anderson publicó sus primeros textos bajo la tutela de John W. Campbell en el magazine Astounding Science Fiction, antes incluso de graduarse con honores de sus estudios de física. Ganador de siete premios Hugo y tres Nebula, su bibliografía es descomunal, desde sus primeras obras publicadas a finales de los años cuarenta, hasta varias colecciones de relatos que se han ido publicando en los últimos años, más de una década después de su muerte. Yo os puedo recomendar Tau Zero (1970), seguramente su obra más popular. Se trata de una novela de ciencia ficción dura, en la que la tecnología es el eje de la trama. En ella Anderson nos cuenta el viaje de una nave y su tripulación, hasta una estrella lejana, combinando la prosa con pasajes sobre los detalles del funcionamiento de la nave y las leyes físicas a las que está sujeto el viaje a través del cosmos. También os recomiendo, si sois muy fans del hardcore, su texto ‘How to Build a Planet’.


A. E. van Vogt (26 de abril de 1912 - 26 de enero de 2000).


Otro autor que se inició en la Astounding Science Fiction con Campbell. Su obra puede que sea menos innovadora que la de otros autores, ni tenga una prosa rica ni llena de razonamientos científicos, pero sus textos resultan atractivos para el lector y han influenciado a obras como el film Alien (Ridley Scott, 1979) y a autores posteriores como Philip K. Dick. Su fuerte es la atención con la que desarrolla sus personajes, uno de los puntos débiles de muchos autores de la época. En muchas novelas de ciencia ficción los personajes son una mera excusa para explorar un problema científico, en cambio van Vogt fue capaz de crear personajes tridimensionales, cuyas reacciones se sienten reales. La única obra que he leído suya es El mundo de los No-A (1945), precisamente porque Dick la menciona como una obra que le empujó a escribir cf. Se trata de una novela en la que la humanidad vive gobernada por una élite intelectualmente superior. Su trama gira más en torno a la intriga que a la ciencia ficción dura, pero es una lectura realmente muy entretenida.


James E. Gunn (Julio de 1923 - ...)


No, no es ese James Gunn. James Edwin Gunn tal vez sea uno de los autores de cf que más material crítico sobre el género haya escrito desde el entorno académico, como Alternate Worlds: The Illustrated History of Science Fiction y The New Encyclopedia of Science Fiction. Como autor de ficción también ha tenido una carrera notable, con más de un centenar de relatos publicados en varias revistas y antologías, y una treintena de novelas escritas y antologías coordinadas. Su trabajo es bastante más oscuro que el de sus coetáneos, menos optimista. Conocí su obra a través de los textos académicos sobre cf que ha publicado y a los que debo mucha de la bilbiografía que empleé durante la carrera y el máster cada vez que escribía algún trabajo relacionado con el género. Su novela más notable y la que os recomiendo es The Listeners (1972). La novela, que consiste en una narrativa no lineal, trata sobre la búsqueda de vida inteligente a través del programa SETI y tiene muchos puntos en común con el argumento de la película Contact (Robert Zemeckis, 1997), a su vez basada en la novela homónima de Carl Sagan publicada en 1985. El mismo Sagan reconoció la influencia de The Listeners a la hora de escribirla, así que si no la leéis porque os lo digo yo, hacedlo por Carl Sagan.


Olaf Stapledon (10 de mayo de 1886 – 6 de septiembre de 1950)


Pequeña confesión llegados a este punto. La razón de escribir esta entrada es para poder hablaros de este señor. Olaf Stapledon es, a mi modesto juicio de persona con opinión y poca idea de lo que habla, uno de los tres mejores autores de cf que han existido jamás. Su bibliografía es con toda seguridad la menos prolífica de los autores canónicos del género, y aun así consta de dos joyas de la literatura  así, en general— ; Last and First Men: A Story of the Near and Far Future (1930) y El hacedor de estrellas (1937). Stapledon es el padre espiritual de Asimov, Clarke, Lem, Aldiss y muchos otros autores posteriores a él. Filósofo de formación, solía tratar en su obra el desarrollo intelectual de la humanidad como especie. El hacedor de estrellas, cuyo prólogo en su edición de 1965 está firmado por Jorge Luis Borges, es una amplia historia del universo en su conjunto y la búsqueda de las especies inteligentes que la habitan de su creador. Es una obra de ideas, sin mucho desarrollo de personajes o una trama en el sentido tradicional, y la ciencia que contiene está desfasada, pero aun así sin ella no sería posible entender el desarrollo de la ciencia ficción como tal durante los años 40 y 50.

¿Qué me decís? ¿Conocíais ya alguno o a todos? ¿Cuál o parece más relevante? ¿Algún autor más a rescatar del olvido?



Sobre bacon y revisiones.

Ando estos días metido hasta los codos en el suplicio que suponen las revisiones y las correcciones de EL ETERNO RETORNO (coming soon, bitches!!!!), ese momento temido por todo juntaletras en el que lees y relees cada palabra, cuestionando su relevancia e idoneidad junto con las otras decenas de miles de palabras de tu novela, solo ante el ordenador, amargado cada vez que tienes que eliminar un párrafo entero, bebiendo whisky mezclado con tus propias lágrimas y sin ducharte… vale, para un momento, no puedo más. Sé que lo normal en este gremio es quejarse amargamente de los rigores de la vida del escritor. ¿Pero sabes una cosa? Me gusta escribir. Lo disfruto. Disfruto hablando de los libros que me gustan, entrando en librerías a rebuscar en los estantes, mirando portadas y leyendo sinopsis esperando descubrir mi próxima novela favorita. Me gusta escribir y releer lo que he escrito, dándole la vuelta a cada frase, probando diferentes enfoques para una misma escena. Para mí no es diferente de la persona a la que le gusta salir a correr cada día. Hacer deporte requiere sacrificio, hay días en los que te duelen hasta los pelos del culo, pero sigues poniéndote las zapas y saliendo a la calle a pesar del dolor. ¿Por qué? Por el placer puro y duro que te produce.


Me he planteado el objetivo de escribir 100.000 palabras al año (y revisarlas). Es la longitud media de una novela (por descontado esto no es una ciencia exacta, pero para la ciencia ficción, que es donde trato de moverme, ahí anda la media). También pueden dar para dos novelas cortas, sin contar relatos esporádicos aquí y allá. Por supuesto estoy condenado al fracaso (¿acaso queda alguien que cumpla sus propósitos? Yo me propuse este año nuevo dejar el bacon y aquí me tienes, tomándome un refrescante zumo de grasa de cerdo mientras escribo estas líneas), pero marcarse objetivos es una manera de combatir el embrujo del sofá y la tele (míralos bien, ahí en tu salón, conspirando, ofreciéndote un infinito de siestas y horas y horas de ficción YA ACABADA Y LISTA PARA SER DEGUSTADA POR TI. Son unas rameras desvergonzadas). Tener objetivos (a corto y medio plazo) te ayuda a ser constante.

Normalmente escribir un texto es relativamente sencillo. Una vez tienes la idea, el corazón de la trama y los personajes, tan solo debes ponerlos a prueba a través de situaciones, peripecias y vivencias. Algunos días sale más fluido, otros cuesta más, pero el proceso en sí es básico; sientas el culo en la silla, tecleas hasta no poder más y luego fríes un poco de bacon para celebrarlo. Esta para mí es la parte digamos-salvando-las-distancias-y-sé-que-no-es-siempre-el-caso-para-todos sencilla. Dicen que lo difícil, lo engorroso, viene una vez ese primer borrador está completado. Yo digo que una vez tienes ese primer intento consistente en retales y fotogramas de una historia, es cuando puedes jugar con él, estirarlo y deformarlo a voluntad.


Resulta interesante a veces ver como algunos autores esperan que su primera novela sea un bombazo, la obra que los encumbre como autores profesionales (sea lo que sea lo que eso significa) y puedan así tener acceso VIP a la mansión Playboy y tomar parte en orgías en las que sirvan cuarenta tipos distintos de bacon y puedan departir junto a Stephen King... más veces que pocas la hostia que les cruza a estos autores la realidad es de las gordas. Esto es una carrera de fondo, donde no solo se te juzga por la calidad individual de tu obra, sino también por ser capaz de entregar entretenimiento de forma más o menos regular. Lo mismo sucede con el primer borrador. Las palabras que hemos vomitado sobre el papel NO son sagradas. Nadie caga mierda de 24 quilates a la primera, ni los dioses de las letras ni, por supuesto, nosotros pobres mortales.

En mi caso el primer borrador suele ser un conjunto de escenas de acción y diálogos. Son las dos cosas que más disfruto escribiendo. He dicho más de una y más de dos veces que mi sueño es ser el Michael Bay de la literatura española y no lo digo en broma (me gustan las cosas que hacen BOOOM!, matadme por ello). Son también los pasajes más ágiles de escribir. Luego vienen los meses de dejarme los pocos sesos que tengo en pulir la trama y retorcer las entrañas de los personajes de la forma más dolorosa posible. También está el aspecto de crear el mundo que lo engloba todo y dotarlo de profundidad y solidez. En cierta forma los días, semanas y meses de simple escritura sirven para levantar el esqueleto de la criatura (algo así como una escaleta elaborada) al que añades en las subsecuentes revisiones un sistema nervioso, músculos, tendones, litros de sangre, entrañas negras y cosas viscosas que no sabes exactamente que hacen, pero que si se las extirparas la criatura moriría ahogada en bilis.


Algo que disfruto en particular de las revisiones es que suponen tiempo para poder pasar con los personajes, trabajar en su arco dramático y conocerlos mejor. Pulir estos arcos a su vez refuerza la trama principal de la historia. Si eres como yo (Dios quiera que no sea el caso), a medida que escribías habrás dejado un rastro de notas, cosas en las que no te pudiste detener el tiempo necesario durante el frenesí escritoril, pero que sabes que ahora en la revisión tienes que trabajar. No basta además con una simple pasada y listo, debes leer tu texto de cabo a rabo una y mil veces. Si eso te resulta un coñazo o un suplicio, tal vez es que no lo enfocas de la mejor manera posible. 

Escribir es una actividad curiosa en el sentido de que es un proceso. Nunca llegas a un final satisfactorio. De hecho, saber cuándo hay que dejar de remendar un texto tal vez sea lo más difícil para el autor del mismo. Demasiado pronto y tu obra saldrá al mundo a medio cocinar, demasiado tarde y tendrás un bonito pedazo de carbón intragable. La perfección en la literatura (como en cualquier arte… joder, como en cualquier otra cosa en la vida) no existe. El Padrino 2 es una película que roza la perfección, pero seguro que si Coppola hubiera tenido diez años más para ir rodando y re-rodando escenas, probar montajes y actores diferentes, hubiera aprovechado hasta el último minuto del último día… claro que luego hizo El Padrino 3 y se cagó en su propia obra (¡¡¡Maldito seas Francis!!!). Escribir es la búsqueda de la perfección, sí, pero sin llegar a conseguirla nunca. Perder o ganar en este juego no es lo importante. El cómo se pierde o el cómo se gana si lo son. 

En resumidas cuentas, disfruta escribiendo ese primer borrador y no te preocupes de las aristas que vas dejando por el camino. Nadie publica sus primeros borradores. La magia de verdad llega después, con las revisiones. Y la primera condición para poder revisar es tener algo que revisar, así que preocúpate de llegar hasta el final. Como sucede con las orgías no planeadas, piensa que siempre puedes limpiar por la mañana. Recordad que después de ese primer borrador, después de los meses de revisiones, tendréis otra nueva oportunidad de empezar desde cero con una nueva historia. 

Hasta otra y gracias por el bacon.


PD: Canción muy recomendable para acompañar esas jornadas de revisión. A mí me sirve, espero que a ti también ;)


Qué estoy leyendo y por qué deberías leerlo vosotros también.

Este mes tengo solo dos lecturas planeadas y enseguida entenderéis la razón. Entre las últimas lecturas que compartí aquí con vosotros y estas dos, también me he leído The Last Colony, la tercera parte de la saga de Old Man’s War de John Scalzi. A pesar de que no es tan redonda como las dos primeras, me la ventilé en pocos días y me ha dejado con ganas de seguir con la saga.

Bueno, vamos al lío:

Wizards, Aliens, and Starships: Physics and Math in Fantasy and Science Fiction de Charles L. Adler.


Este libro editado por la Universidad de Princeton y escrito por el físico Charles L. Adler es una auténtica frikada. En las últimas décadas el género de la ciencia ficción ha alcanzado la mayoría de edad, y como sucede con todo género literario o artístico asentado entre el público ha surgido una comunidad académica a su alrededor dedicada a estudiarlo. Desde los años 80 se ha escrito mucho sobre teoría literaria de la cf, pero este libro en concreto versa sobre la parte científica del género (plausible o imaginada). Se centra sobre todo en la física y las matemáticas involucradas en la narrativa, aunque también dedica capítulos al género de la fantasía (la primera parte trata en especial con Harry Potter, como el capítulo 4, titulado Fantastic Beasts and how to Disprove them). Los textos empleados como ejemplos se basan en el gusto personal del autor y en qué obras sirven mejor para ilustrar cada apartado. Hay capítulos dedicados a la física de los viajes espaciales, a las colonias extraplanetarias, otros mundos y formas de vida alienígenas, terraformación… en realidad deja muy pocos temas habituales en la literatura de cf sin tocar. A pesar de que trata con la parte científica de las obras, el estar escrito por un fan del género lo hace bastante más ameno de lo que cabría esperar. La lectura no se hace demasiado pesada e incluso si sois unos profanos en esto de la ciencia, podéis acabar aprendiendo una o dos cosas.

The Reality Dysfunction (Night’s Dawn #1) de Peter F. Hamilton.


¿Cómo lo pongo de una manera sutil, sin crear un hype innecesario ni caer en exageraciones parciales? Peter F. Hamilton es el puto Dios. ¡Mierda! Se me ha ido un poco hacia la exageración la cosa. Pero es que alguien que es tan prolífico en su escritura y logra aunar ideas que van más allá de la vida que conocemos con una narrativa cuidada merece toda mi admiración. Cuando se entabla un diálogo sobre ciencia ficción, la mayoría de los aficionados y fans tienden a extraer sus referentes de las obras de los autores clásicos del género. Asimov, Henlein, Dick, Clarke, Herbert, Bradbury y demás autores de la era de oro de la cf componen un panteón tan absoluto como hermético. En ocasiones parece como si el único autor de ciencia ficción bueno fuera el autor muerto. Esta idea tan romantizada resulta como mínimo curiosa en un género cuya mirada está puesta en el futuro, pero cuyo corpus más aceptado está enterrado en el pasado. ¿Acaso no se ha escrito nada resaltable en las últimas tres décadas? Voy a decirlo claro y para que conste en acta. La ciencia ficción vive su mejor edad hoy en día. No hace diez años, no hace veinte y no hace cincuenta. HOY. Venerar y respetar a los clásicos me parece correcto, creer que el género murió con ellos es de una estrechez de miras preocupante.

Peter F. Hamilton es una de las muchas voces que han surgido en las últimas dos décadas y que han sido capaces no solo de recoger el testigo entregado por los Asimov, Clarke y compañía, sino también de elevar los límites del género hasta nuevas cotas de calidad. Las ideas contenidas en sus novelas son espectaculares, un claro ejemplo del famoso ‘sense of wonder’, tanto por el alcance de las mismas como por la forma en que están presentadas. The Reality Dysfunction es la primera novela de Hamilton ambientada en el Universo de la Confederación. El grueso de la historia sucede en los años 2610 y 2611, una época en la que la humanidad ha colonizado las estrellas y se ha divido en dos grandes facciones; los edenistas y los adamistas. Los primeros viven en una especie de utopía ‘hippy’ en la que gracias a la tecnología todos sus miembros comparten una mente colmena que les ha liberado de las limitaciones humanas, mientras que los segundos viven todavía influenciados por las doctrinas religiosas del pasado. La verdad es que tratar de resumir esta novela es imposible. Hay capitanes que comandan naves espaciales vivas, hay civilizaciones alienígenas sin formas corpóreas, hay contrabandistas intergalácticos e infinidad de mundos colonizados y por colonizar.

Una de las características de las obras de Hamilton es el volumen que abarcan (The Reality Dysfunction consta de más de 1200 páginas, por eso me temo que va a ocupar mis horas de lectura durante bastante tiempo y me he visto obligado a posponer otras lecturas). Sus novelas son tochas, son la clase de libros que se utilizan para apuntalar paredes, son tan gordos que no te los llevas a la cama para leerlos, te llevas la cama a ellos. Además, no encontramos en ellas un solo protagonista que lleve la voz cantante, normalmente Hamilton emplea a un mínimo de tres personajes como ejes de la trama cuyas historias empiezan alejadas pero se van entrelazando a lo largo del libro. Es probablemente ahí donde reside su brillantez, la inmensidad del universo no es meramente sugerida, es mostrada en su totalidad. Sin embargo, esto exige por parte del lector una paciencia y participación en el desarrollo de las historias a la que muchos no están habituados (joder, ni yo lo estoy y eso que me encantan). Pero en serio, si os consideráis fans de la ciencia ficción, necesitáis leer a este señor YA MISMO.

Por desgracia, a pesar de que ha vendido millones de ejemplares de sus novelas por todo el mundo, ninguna está traducida (que yo sepa, he buscado sin suerte) al español (esto no es del todo cierto, ver UPDATE). Si alguien sabe de alguna que esté traducida, por favor que lo comparta en los comentarios.

¡¡¡¡UPDATE!!!!: Felipe Orce y Bernabé Naharro Sanz me comenta que sí hay novelas de Peter F. Hamilton en español, publicadas por la editorial Factoría de ideas. Aquí tenéis los links de todas ellas para que los consultéis.

LA ESTRELLA DE PANDORA
JUDAS DESENCADENADO
EL VACIO DE LOS SUEÑOS
EL VACIO TEMPORAL
EL VACIO DE LA EVOLUCION



Elogio a Akira Kurosawa (Parte II): Trono de sangre (1957): Lady Macbeth Vs Lady Asaji


Resultado de imagen de lady asajiEl cineasta japonés Akira Kurosawa y el dramaturgo isabelino William Shakespeare están tan distantes en el tiempo y el espacio como dos personas pueden estar. Son el producto de dos culturas diferentes, separados por tres siglos el uno del otro, y vivieron en dos continentes diferentes. Sin embargo, a ambos artistas les une su talento a la hora de retratar la esencia y la historia de sus respectivas sociedades, ya sea en el escenario o en la gran pantalla. El film Trono de Sangre (1957), de Kurosawa, y la obra teatral Macbeth (1623), de Shakespeare, demuestran que algunos temas, como la ambición y la venganza, son globales y analizables dentro de cualquier cultura en el mundo. En su crónica de la época feudal japonesa, Kurosawa encontró los dispositivos que necesitaba para estructurar su relectura de las tragedias de Shakespeare. La adaptación transcultural que Kurosawa realizó sobre los temas tratados en la obra de Shakespeare resulta clara a través de los principales personajes femeninos de ambas obras; Lady Asaji en Trono de Sangre y Lady Macbeth en Macbeth.

William Shakespeare retrató en muchas de sus obras la situación de la mujer bajo la influencia de los discursos patriarcales de su tiempo y creó personajes femeninos que, de una u otra manera, los transgredían. No obstante, algunas de las mujeres creadas por Shakespeare son problemáticas en términos de cómo logran el control sobre su propia persona narrativa, e incluso influyen en los personajes que las rodean de una forma negativa. En este sentido, uno de los personajes femeninos creados por Shakespeare más interesantes es Lady Macbeth, una figura de ambición y maldad pura, que encarna el arquetipo de la femme fatal, incluso a pesar de que fuera escrita siglos antes de que el término fuese acuñado. 

Resultado de imagen de lady macbeth art
En Macbeth, a Lady Macbeth se le da una posición marginal, ni siquiera tiene un nombre propio, se la conoce meramente por el de su marido, y su interacción con los demás personajes se limitan a su marido y sus siervos. Sin embargo, a pesar de vivir en esa periferia, se las arregla para tener una gran influencia en la narrativa y en todo el mundo su alrededor, no por acción directa, sino a través de las acciones llevadas a cabo por otros. En la obra de Shakespeare, su deseo de convertirse en reina la hace engañar a su marido para matar al rey. A pesar de que Shakespeare parece apreciar su capacidad para manipular a los hombres, su ambición la acaba conduciendo inexorablemente a la locura y a la muerte.

Resultado de imagen de throne of bloodEn Trono de Sangre, Akira Kurosawa toma prestado del Macbeth de Shakespeare la trama y algunos arquetipos de personajes y los traslada al Japón del siglo XV. En la película, en lugar de tener a una mujer capaz de verbalizar la manipulación sobre su marido a través del diálogo, como hace Lady Macbeth, Kurosawa convierte a Lady Asaji (interpretada por Isuzu Yamada) en un personaje silencioso que consuma su deseo de poder dentro del orden feudal japonés. Al igual que Lady Macbeth, ella es el único personaje que parece ser consciente de la naturaleza del deseo humano. En ambas tramas, en cuanto conocen la profecía revelada a sus maridos, las dos mujeres deciden hacer todo lo necesario para lograr sus objetivos. A pesar de lo similar de sus ambiciones, es interesante ver cómo se las arreglan para convencer a sus maridos a seguir el camino de la violencia de manera diferente. Lady Macbeth no discute o emplea la simple persuasión, es directa en su discurso y declara abiertamente a Macbeth que deben matar a Duncan y hacer lo que sea necesario para apoderarse del trono. Este escenario sería inconcebible en el Japón feudal, donde las mujeres no tenían acceso a la esfera política de la sociedad, y donde se esperaba que fueran siempre sumisas, incluso más que las mujeres occidentales de la Inglaterra isabelina. Lady Asaji nunca podría manipular a Washizu (Toshiro Mifune) través de las palabras, pero Kurosawa permite que lo haga usando gestos y acciones tomados de la tradición del teatro japonés Noh, con el fin de otorgarle ese poder. 

Resultado de imagen de throne of blood
Lady Asaji es presentada en la película con un largo plano fijo que la define desde el principio como un personaje muy tranquilo y aislado. Mediante el uso de la estética del teatro Noh, Kurosawa visualiza su esencia natural y reemplaza el famoso soliloquio ‘castrador’ de Lady Macbeth por elementos visuales, como los movimientos de restricción y el rostro de Lady Asaji, mostrado como una máscara inexpresiva. En el teatro Noh, los actores deben controlar sus movimientos, de modo que los gestos se vuelven más abstractos y simbólicos, dando a los actores un aspecto no terrenal. Durante esta escena, la cámara enfoca Washizu, manteniendo a Lady Asaji fuera de plano, destacando su supuesta sumisión a los hombres. Además, cuando los dos aparecen en la pantalla, Asaji nunca mira directamente a su marido, evitando el contacto visual de manera premeditada. Esto es un gran contraste con el papel activo de Lady Macbeth en la escena de ‘tentación’. Cuando Washizu dice que está satisfecho con su lugar en el castillo del norte, ella lo interrumpe con una suavidad amenazante, se limita a decir que tal cosa no sucederá, y cuando Washizu no parece dispuesto a actuar para hacer cumplir la profecía de convertirse en señor, ella afirma con desapasionada voz que el mismo señor al que él sirve llegó a su posición tras matar a su predecesor. En esta escena ella personifica una idea muy concreta; como el comportamiento humano está conformado por la sociedad en la que uno vive. Al final Asaji ofrece solo dos opciones a Washizu: matar o morir. Washizu decide matar a su señor, acto que culminará en más asesinatos. 

Resultado de imagen de throne of bloodLa adición más importante de Kurosawa respecto a la trama original de Shakespeare es el embarazo de Lady Asaji. Es una revelación angustiante para Washizu y le obliga a seguir matando debido a la perspectiva de tener un heredero. La película nunca establece claramente si el embarazo es real o no, pero este embarazo también justifica la locura de Lady Asaji al final de la película, ya que la pérdida del (supuesto) hijo es la única razón para explicar su cambio dramático desde la serenidad y la poderosa fuerza de voluntad a la locura y la debilidad. 

Resultado de imagen de lady asajiLa traducción de la temática Shakesperiana en un marco budista se refuerza en las elecciones estéticas de Kurosawa, especialmente su decisión de recurrir a las tradiciones de artes influenciados por los principios budistas. El teatro Noh es una mezcla singular de tranquilidad y agitación, una composición de gestos y tonos contrastantes, como podemos ver en Lady Asaji. Cuando un actor se mueve de una manera poderosa, este debe acompañar el gesto moviendo la parte inferior del cuerpo en silencio. Kurosawa amplió esta idea en el desarrollo de los personajes. A través de la primera mitad de la película, Asaji es una mujer muy amarga y cruel, casi irreal. Su cara es muy pálida y aparentemente se mueve sin moverse, como si estuviera flotando. Esto es muy significativo cuando se trata de ilustrar su poder sobre Washizu. A lo largo de la película su apariencia recuerda a la de un espíritu cuyo propósito es atormentar Washizu. 

Resultado de imagen de lady asajiEn Macbeth, Lady Macbeth parece compartir la ambición de su marido y su voluntad de poder, que es viable dado que el Macbeth de Shakespeare es un traidor y un asesino, uno de los personajes más oscuros jamás creados por el autor. Por el contrario, Washizu es un samurái. Los guerreros japoneses ponen sus vidas al servicio del Bushido, un firme sentido de la lealtad y el honor de sacrificar la propia vida por una causa digna. El código del Bushido funciona como una especie de código de caballería, pero el compromiso de los samuráis respecto al Bushido es más fuerte y el castigo por romper alguna de sus normas es la muerte. Por lo tanto, que un guerrero traicionara a su señor como hace Macbeth sería inconcebible según los estándares japoneses. Es por eso que Kurosawa tiene que transformar a Lady Asaji en un personaje extremista, ya que Washizu por él mismo nunca podría traicionar a su señor. 

Así, aunque Lady Asaji y Lady Macbeth muestran muchas similitudes, en última instancia tienen diferentes roles. Tal como Shakespeare hizo en su día, Kurosawa le concede a Lady Asaji una gran influencia sobre la narración y poder sobre su marido, pero llegado el momento de justificar este poder debe envolver al personaje en la estética del teatro tradicional japonés para hacerla cercana y comprensible para el público. Y a pesar de ello, si nos limitáramos solo a entender al personaje a través de la película, sin tener en cuenta la fuente de la que proviene, nos perderíamos las muchas capas y la complejidad de la adaptación que Kurosawa realizó de la obra de Shakespeare.

Título original: 蜘蛛巣城 Kumonosu-jō. Dirigida por: Akira Kurosawa. Producida por: Sōjirō Motoki y Akira Kurosawa. Guion de: Shinobu Hashimoto, Ryûzô Kikushima, Akira Kurosawa y Hideo Oguni basado en Macbeth de William Shakespeare. Reparto: Toshiro Mifune, Isuzu Yamada y Takashi Shimura. Música compuesta por: Masaru Sato. Fotografía: Asakazu Nakai. Edición: Akira Kurosawa. Productora: Toho Studios. Fecha de estreno: 15 de enero 1957 (Japón). País: Japón.