‘Mad Max: Fury Road’ o ¡Joder, qué blanco es el fin del mundo!


Hace unos días pude ver por fin la nueva entrega de la saga post-apocalíptica cinematográfica por antonomasia, Mad Max, y no me ha decepcionado. A pesar del pesadísimo hype que llevaba encima después de leer los miles —¡MILLONES!— de posts, comentarios, pseudoreseñas, etc… publicados en las redes sociales por el fandom chorreante de fluidos corporales como si de adolescentes hiperhormonadas se tratara, George Miller —director de la trilogía original y de otros clásicos modernos como Babe: Pig in the City (1998) y Happy Feet (2006)— cumple con lo que promete; dos horas de acción anabolizada y con motor turbo, salpicado con el toque justo del Western clásico.

Fury Road es una puta locura, una montaña rusa que no deja de subir y bajar sin frenar ni un segundo para tomar aire. En una era en la que las grandes superproducciones de acción están dominadas por los efectos generados por ordenador, resulta refrescante que una película confié en los efectos prácticos y el trabajo de los especialistas, y no en lo que un grupo de animadores con acné pueda diseñar en el entorno aséptico de una sala de informática. Los efectos de Fury Road son memorables, más que los de producciones como Age of Ultron, por poner un ejemplo reciente. Además, no recuerdo ningún otro film de las características de Fury Road que haya sido capaz de conciliar los elogios de la crítica especializada con la satisfacción del público —valoraciones de 8,5 en el IMDB, 89% en METACRITIC y ¡98%! en ROTTEN TOMATOES. Y sin embargo, entre tanto placer orgásmico, no pude dejar de fijarme en un aspecto de la peli, un detalle de nada pero que a medida que se sucedía escena de acción tras escena de acción no dejaba de pegarme en la cara con su gran polla blanca y metafórica. Mad Max: Fury Road parece decirnos que toda diversidad racial será eliminada por la llegada del fin del mundo.

A pesar de que la trama está ambientada en Australia, un país con una variedad cultural y étnica remarcable —viví un año en Melbourne y os puedo decir que ni Barcelona ni Madrid se acerca al 'melting pot' que es esa ciudad— pero con una historia salpicada por la tensión racial, Fury Road es jodidamente blanca. De los personajes principales —qué coño, de los personajes que tienen diálogo— solo uno es visiblemente no caucásico; el interpretado por la hija de Lenny Kravitz, Zoë. Otra de las actrices, Courtney Eaton, es de ascendencia maorí y china, aunque esas raíces resultan cuanto menos difíciles de apreciar en pantalla. Esto nos deja a Zoë Kravitz como la única presencia visiblemente no blanca de la película entre más de una docena de personajes que en un momento u otro del film miran a cámara y dicen algo. Esta homogeneidad racial llama especialmente la atención dado que George Miller sí consigue pintar un mundo rico y variado en cuanto a los elementos que lo componen. Tomemos por ejemplo a las folloamigas del Inmortan Joe, el villano de la función y líder espiritual de la comunidad que habita en la ciudadela desde donde parte el convoy liderado por Charlize Theron. Podemos apreciar una gama de colores en los tintes capilares de las señoritas realmente asombroso. Tenemos a una morena —Kravitz—, a una morena un tanto más clara —Eaton—, una pelirroja —Riley Keough, una rubia —Rosie Huntington-Whiteley y hasta a una albina —Abbey Lee. Sumando a Charlize y su look duro, pero femenino, componen el sueño húmedo del gran Lluís Llongueras. Y aun así, Fury Road parce la versión post-apocaliptica de un calendario de Bennethon, lleno de rostros pálidos y con un toque de color puntual.

La práctica del ‘whitewashing’, algo así como el blanquear el reparto de las grandes superproducciones, es habitual en la industria cinematográfica. Marvel, sin ir más lejos, ha necesitado más de diez películas antes de darse cuenta de que tal vez sería buena idea hacer una sobre un superhéroe que no sea un multimillonario americano blanco, un dios nórdico y muy rubio, un científico americano blanco —o verde, según su estado emocional—, o un soldado muy americano, muy blanco y muy patriota. Tanto Black Panther como Captain Marvel pueden abrir el cine de superhéroes hacia una muy necesaria diversidad —aunque siempre me quedará la espinita de que no se hayan atrevido a incorporar al universo cinematográfico de Marvel a Miles Morales/Spiderman. Esto no quiere decir para nada que el hecho de no incluir personajes de color en roles protagonistas en este tipo de producciones sea necesariamente racista, pero sí llama la atención lo acostumbrados que estamos como audiencia a este proceso de blanqueamiento cultural. En pleno siglo XXI todos tenemos claro que el mundo no es blanco, y sin embargo tenemos cierta facilidad para justificar que films como Fury Road muestren una imposible monocromía social. Sí nos alarmamos en cambio cuando un personaje de cómic como La antorcha humana es interpretado por un actor de color, o cuando el primer trailer de Star Wars: El despertar de la fuerza nos muestra un stormtrooper con la cara de John Boyega.

En el caso de un film post-apocalíptico este blanqueamiento lo encuentro si cabe menos justificable. Este tipo de narrativa suele jugar con la subversión de los valores morales y las estructuras sociales imperantes una vez la civilización llega a su fin —ya sea por un cataclismo nuclear, una guerra global o una epidemia zombi—, y es un campo fértil desde el cual analizar nuestra sociedad. En cambio Fury Road desperdicia esa oportunidad dándonos una película sobre la supervivencia de solo un grupo racial. Es difícil no ver el uso de elementos representativos de la cultura tribal como las pinturas de guerra, los tambores e incluso las lanzas explosivas que emplean como armas —todos ellos siendo empuñados por personajes blancos— como un intento de reescribir la historia pre-colonial. Al usurparlos, Fury Road —consciente o inconscientemente— parece querer mostrarnos el mundo como un lugar universalmente blanco.

Este razonamiento es solo algo a lo que llevo dándole vueltas desde que vi la peli. Seguramente he llevado mis años de estudiar curso tras curso de teoría postcolonial a un extremo del que Mad Max: Fury Road no tiene culpa, y reitero que como experiencia fílmica me parece una obra excelente y de la que espero ver más entregas. Pero me parecía importante compartir esta reflexión, por acertada o errónea que sea, y tal vez animarnos a todos a que estemos un poco más atentos a como aquellas identidades que tradicionalmente no han ocupado el eje de los discursos sociales predominantes —mujeres, minorías étnicas, sexualidades alternativas, clases sociales sin poder económico…— son representadas en los productos de la cultura popular. ¿Podemos hacerlo mejor? Yo creo que sí.


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