Historia épica de la ciencia ficción (Parte I): La prehistoria del género.


La ciencia ficción como categoría o género propio es algo relativamente joven. El primer uso del término se suele otorgar a Hugo Gernsback, un inmigrante luxemburgués en los Estados Unidos y fundador en 1926 del primer magazine dedicado exclusivamente a este tipo de narrativa, Amazing Stories, cogiendo el testigo de las revistas ‘pulp’ creadas en 1896 por Frank A. Munsey. Gernsback definió su idea de la ciencia ficción —o ‘scientifiction’ como la llamaba él en sus inicios— como ‘’un 75% de literatura entretejido con un 25% de ciencia’’. Fue durante las décadas de los años 30 y 40 en los magazines como la propia Amazing Stories o Astounding Science Fiction donde el género de la ciencia ficción empezó a construir una identidad propia dentro de los géneros narrativos, alimentado por un colectivo de lectores, editores y autores que ayudaron a definirla, y dando lugar entre otras cosas al famoso ‘fandom’ gracias a las cartas que los seguidores de estas revistas enviaban y eran publicadas en ellas. Pero, por supuesto, los relatos de ciencia ficción existían mucho antes de que el propio género naciera y cobrara consciencia de sí mismo, aunque esas primeras obras no eran cifi tal y como la conocemos hoy en día, y solían ser catalogadas en muchos casos como ‘viajes extraordinarios’ o ‘romance científico’.


Siendo como es la ciencia ficción un género de difícil definición, existe un debate abierto en torno precisamente a dónde residen sus raíces. Una corriente académica señala a relatos fantásticos de la antigüedad como La Epopeya de Gilgamesh y Las metamorfosis del poeta clásico Ovidio como los padres de la tradición que acabó derivando en la ciencia ficción moderna. Otros consideran que su génesis se encuentra en la revolución científica y tecnológica acaecida entre los siglos XVII y XIX, y en sus avances en materia de física, matemáticas y astronomía. Para esta primera entrada me voy a adscribir a esta segunda corriente y empezar esta breve historia de la ciencia ficción a partir de la aparición de la ficción especulativa en el siglo XVII. Impulsados por los descubrimientos científicos alumbrados durante la Ilustración, algunos autores empezaron a trabajar la ficción especulativa en torno a estos descubrimientos y al empleo del método científico. Uno de los primeros en adscribirse a esta tendencia de forma optimista fue Francis Bacon con su novela utópica La Nueva Atlántida  (1627). En ella se describe una tierra mítica cuyos habitantes poseen unos conocimientos científicos avanzados. Otro escritor relevante de este primer período es Johannes Kepler, autor de la fantasía astronómica Somnium (1634), novela escrita en latín que narra un viaje onírico a la luna y a la que tanto Isaac Asimov como Carl Sagan, entre otros, se refirieron en su momento como la primera obra de ciencia ficción de la historia. Una de las ideas más interesantes de estos primeros trabajos es la posibilidad de la existencia de mundos habitables fuera de la Tierra, algo revolucionario y un ataque contra el geocentrismo todavía existente en la época, tal vez como consecuencia de las ambiciones exploradoras y la elaboración de mapas terrestres cada vez más completos. El Hombre de la Luna (1638), de Francis Godwin, es otro ejemplo interesante de esto. En ella se nos relata cómo su protagonista vuela hasta la luna con la ayuda de unas extrañas aves para encontrar una especie de comunidad utópica cristiana viviendo en ella. En todo caso, la elaboración de una ficción especulativa formal se veía muchas veces coartada por la inocencia inherente a estos relatos, acentuada a medida que los escenarios se alejaban cada vez más de la Tierra.

 

No fue hasta la publicación del relato La Incomparable Aventura de un tal Hans Pfaall  (1835), de Edgar Allan Poe, cuando por fin se empezarían a representar en la literatura los logros de la ciencia con sobriedad y madurez. En este relato de Poe narra también un viaje a la Luna —en este caso con ayuda de globos—, pero en él encontramos ya una descripción detallada del artefacto, su construcción y el despegue, complementados con información científica en orden de validar su plausibilidad. Otra obra escrita a principios del siglo XIX y cuya lectura es capital para entender la ciencia ficción moderna es Frankenstein (1818) de Mary Shelley. Si bien su acomodo dentro del género es problemático, siendo más una historia de terror gótico, sí que encontramos en ella una plantilla para el relato arquetípico sobre la creación alumbrada por el poder de la ciencia que acaba volviéndose contra su creador —un paradigma de historia presente de una forma u otra en la cifi desde el siglo XIX hasta la actualidad. En cuanto a la exploración espacial cabe destacar la obra The History of a Voyage to the Moon (1864), escrita por Chrysostom Trueman —pseudónimo de un autor sin identificar—, en la que aparece un primer ejemplo de tecnología antigravedad, y A Tale of Negative Gravity (1884) de Frank R. Stockton. Pero es en Francia donde las obras de Poe gozaron de una relevancia incluso mayor  que la que tuvieron en los EEUU. De la mano de Jules Verne nos encontramos una de las evoluciones más interesantes de la ficción especulativa en la forma del ‘imaginary voyage’ —viaje imaginario. En sus obras Verne nos ofrece, a través de la observación de su propia realidad, una teorización sorprendentemente aproximada de la dirección que iba a tomar la ciencia de la exploración en décadas posteriores. En De la Tierra a la Luna (1865) Verne realizó una sátira en la que vemos un análisis detallado de los problemas a resolver para poder viajar a la Luna. Mientras otros autores contemporáneos veían su obra catalogada como juvenil, Verne gozó de cierta popularidad entre lectores adultos gracias a su extrapolación de elementos contemporáneos en escenarios exóticos.

 

En el Reino Unido tenemos dos eventos relevantes en relación a la difusión de historias especulativas. En 1871 se publica La Raza Futura, de Edward Bulwer-Lytton, una historia sobre una utopía subterránea tecnológicamente avanzada y en la que los poderes psíquicos son razonados científicamente. En el mismo año, tras la publicación de la falsa crónica The Battle of Dorking, de George T. Chesney, varios autores crearon a una serie de relatos sobre futuras guerras que fueron muy populares hasta el estallido de La Primera Guerra Mundial en 1914. Es en este estilo de ‘falsa crónica futurista’, combinada con el romance científico, que H.G. Wells encontró acomodo para su obra, desviándose al mismo tiempo de la pretendida fidelidad científica dominante en la ficción especulativa de la época. En La Máquina del Tiempo (1895), por ejemplo, Wells no se toma ninguna molestia en hacer del artefacto central de su trama algo plausible —en contraste con los artefactos y vehículos ideados por Jules Verne— ni de explicar su construcción o funcionamiento —en contraste con los relatos científicos de Edgar Allan Poe, entre otros— y simplemente asumió que el lector lo aceptaría como algo serio a pesar de su no racionalización. El empleo de artefactos como excusa para expandir el alcance de la narrativa en materia de tiempo y espacio volvió a aparecer en su novela Los Primeros Hombres en la Luna (1901), en la forma de la cavorita, el misterioso material antigravedad empleado en ella para viajar a la Luna. En los dos casos, como en muchas otras de sus obras, el uso de la tecnología y la ciencia es una mera excusa para poder analizar de forma crítica su propia sociedad. La Isla del Dr Moreau (1896) y las popular La Guerra de los Mundos (1898) constituyen ejemplos claros de cuentos morales donde la plausibilidad de la ciencia es algo meramente secundario. Wells de algún modo inauguró una forma de narrar alejada del realismo científico y en busca de una cierta sensación de espectáculo. Esto causó una división entre aquellos autores más interesados en el aspecto dramático de los relatos especulativos y los autores cuya voluntad era la de explorar los futuros posibles relacionados a los avances de la ciencia. En esta bifurcación, personificada por Jules Verne y H.G. Wells, se puede apreciar el primer instante de la tradicional tirantez que ha habitado en el corazón de la ciencia ficción hasta nuestros días, en relación a si es más deseable representar una ciencia realista o centrarse más en los personajes y el drama, si se debe escribir ciencia ficción con una finalidad didáctica o se debe contar simplemente una historia emocionante para el lector.

 

Uno de los muchos subgéneros aparecidos a principios del siglo XX gracias a la creciente popularidad de las revistas de literatura ‘pulp’, llenas de ficción para el consumo popular, se caracterizaba por la representación de mundos extraterrestres en la forma de relatos de aventuras con elementos de romance, siendo claro exponente de ello Edgar Rice Burroughs y su obra Bajo las Lunas de Marte / Una Princesa de Marte (1912/1917), publicada por primera vez en la revista pulp All-Story Magazine y luego en formato novela. Similar a lo establecido por Wells, en ella Burroughs no busca razonar en ningún momento el medio por el cual el protagonista es transportado desde la Tierra hasta Marte, poniendo a los personajes y sus aventuras en el centro de la trama. A la par con Burroughs en sus aspiraciones narrativas encontramos a Abraham Merritt y su El Estanque de la Luna (1918), tal vez incluso menos interesado que Burroughs en esconder la inverosimilitud de los artefactos representados en su obra bajo la validación de la jerga científica. En esta novela encontramos una amalgama de varios mundos interconectados entre sí por portales, elemento que enseguida fue tomado por otros autores. Es dentro de la ‘extravagancia’ del pulp, y algo alejado de la ficción especulativa imperante previamente, que encontramos el caldo de cultivo donde Hugo Gernsback creo el nuevo género literario de la ‘scientifiction’, a pesar de que los primeros magazines que él mismo fundó no eran nada parecidos a los magazines pulp.

 

La ‘scientifction’ en sí misma fue un intento de generar entusiasmo en torno a los avances tecnológicos de principios de siglo. En los primeros relatos surgidos al amparo de la nueva categoría, muchos publicados como series, encontramos muchas veces el dialogo entre científicos e inventores y gente corriente. El propio Gernsback escribió la serie de relatos Baron Munchausen’s New Scientific Adventures (1915–17). Estas ideas fueron perfeccionadas en el magazine Amazing Stories, donde relatos de tono más especulativo, influenciados por el romance científico europeo, convivían con tramas deudoras del pulp más frívolo. Fue desde este punto de partida que la narrativa empezó a explorar nuevos horizontes en los que efectuar lecturas sociales dando así a luz a lo que hoy conocemos como ciencia ficción.

Leer segunda parte.

Bibliografía:
-Bleiler, Everett F. Science-Fiction: The Early Years. Kent, OH: Kent State University Press, 1990.
-Clute, John and Nicholls, Peter, eds. The Encyclopedia of Science Fiction. London: Orbit, 1993.
-Del Rey, Lester. The World of Science Fiction: The History of a Subculture. New York: Del Rey, 1977.
-James, Edward and Mendlesohn, Farah, eds. The Cambridge Companion to Science Fiction. Cambridge: Cambridge University Press, 2003.

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