¡Viva el amor libre intergaláctico! (o de como ya va siendo hora de que la ciencia ficción salga del armario).


La última semana ha sido bastante interesante en lo que se refiere a la lucha por la igualdad de derechos de gais y lesbianas. No solo se han celebrado los ya tradicionales desfiles del orgullo, con una aceptación cada vez más visible por parte de las instituciones, sino que además en los Estados Unidos, el tan cacareado país de la libertad, por fin se han dado cuenta de que es normal que cada cual se pueda casar con la persona a la que ama, sin importar el género de esta —detengámonos un momento para reflexionar sobre el hecho de que en España, por una vez y aunque solo sea en este aspecto, les llevamos años de ventaja a muchos países ‘civilizados’. No todo tiene que ser negatividad en nuestra casa—. La legalización del matrimonio homosexual este año en países como Irlanda y Estados Unidos es un paso lógico hacia la igualdad entre seres humanos. Un paso de los muchos que hay que dar en un proceso lento, pero afortunadamente imparable. A pesar de ser hetero —o tal vez debido a ello—, estos avances lo siento como míos. La lucha por la igualdad y la tolerancia es una lucha que nos atañe a todos sin distinción. En relación a esto la pregunta que os lanzo hoy es, ¿hasta qué punto esta nueva realidad social está siendo representada de forma abierta en la literatura y en particular en la ciencia ficción?

Una de las principales virtudes de la ciencia ficción es precisamente la capacidad que ofrece de construir futuros posibles e imaginados partiendo de la realidad actual. Es lógico pensar, entonces, que en las obras de cifi debería resultar sencillo encontrar la misma variedad sexual que cada vez va ganando más visibilidad en las sociedades contemporáneas representada y explorada con total naturalidad. Pero a pesar de ello la sexualidad sigue siendo un terreno algo opaco en comparación con las muchas otras ideas que pueblan el género. Hasta mediados de los años 50 la homosexualidad en la ciencia ficción era una entidad empleada de forma alegórica por algunos autores o directamente tachada de antinatural por otros, y en ambos casos representada de manera estereotipada. The World Well Lost, escrita en 1953 por Theodore Sturgeon, es considerada por muchos como la primera obra de ciencia ficción en tratar la homosexualidad desde la tolerancia. La historia presenta el deseo entre personajes del mismo género, tanto humanos como alienígenas, desde una perspectiva abierta y positiva, a pesar de la historia reconoce como imposible la realización de ese deseo debido a la moral dominante en la sociedad.

Posteriormente, en los años 60 y 70, ese camino abierto por Sturgeon fue explotado y ampliado por varios autores, también como una forma de estudiar la sexualidad y su papel en las sociedades contemporáneas en pleno movimiento en favor de los derechos civiles. Autores declaradamente gais como Joanna Russ y Thomas M. Disch entre otros empezaron a postular sociedades futuristas caracterizadas por la pluralidad sexual. El ejemplo más popular de esta tendencia tal vez sea La mano izquierda de la oscuridad (1969) de Ursula K. Le Guin, donde el uso de pronombres personales ambiguos, la representación de sexualidades en las que la categorización de masculino y femenino carecen de relevancia, y la abundancia de personajes que pueden ser considerados las dos cosas a la vez, desestabilizan los discursos tradicionales sobre sexualidad. Otro autor a resaltar es Samuel R. Delany, cuya novela Dhalgren (1975) —novela extremadamente recomendable— contiene algunas de las primeras escenas de sexo abiertamente homosexual dentro de la cifi.

A pesar de que desde entonces ha habido siempre historias que se han aproximado al tópico de la sexualidad de manera progresista y creativa, estas obras siguen estando eclipsadas por aquellas novelas que se limitan a aceptar la ‘normalidad’ sexual preconcebida y trasladarla tal cual al futuro próximo o lejano, sin alterarla o ponerla a prueba. Para muchos autores y lectores el futuro sigue estando determinado por las etiquetas que les resultan ‘naturales’ o más conocidas. Para ellos la sexualidad no disfruta de la misma maleabilidad y fluidez empleada para incorporar otros elementos sociales explorados de forma en la narrativa. La sexualidad que encontramos en la ciencia ficción es muchas veces una mera reproducción de los estereotipos y esquemas impuestos por la identidad heterosexual dominante.

Una de las barreras a superar es precisamente la presunción por parte de algunos miembros de la industria literaria de que la mayoría de lectores se sentirían incómodos ante una obra que presentara tendencias sexuales fuera de las predominantes. Es mucho más fácil encerrar estas relaciones dentro de la alegoría o excluirlas directamente para evitar herir sensibilidades y dañar cifras de ventas. En el caso de la ciencia ficción, seguimos a veces dando por sentado que los fans del género son casi exclusivamente hombres blancos heterosexuales incapaces de empatizar con personajes que no sean exactamente como ellos. Los autores no son ajenos a la presión por parte de las editoriales para escribir historias que puedan ‘vender’, siendo discretamente animados a dejar fuera de la narrativa personajes potencialmente controvertidos para hacer de sus libros productos más atractivos. Pero la ausencia de personajes gais o su marginalización no puede ser simplemente achacable a la presión editorial, al fin y al cabo el autor tiene el control absoluto sobre su texto.

Este miedo a que la representación de identidades no mayoritarias en un rol predominante dentro de la narrativa ahuyente al lector no deja de ser una falacia al ver que autores como Iain M. Banks, China Melville o Kim Stanley Robinson se han erigido en autores populares en todo el mundo, a pesar de tratar la homosexualidad en sus obras y desestabilizar la heterogenia predominante. El lector de ciencia ficción no es una entidad monolítica y fija, tanto las mujeres como los individuos de procedencias y tendencias sexuales diversas no solo disfrutan de la lectura de novelas de ciencia ficción como cualquier otra persona, sino que cada vez más autores surgen de ese público variado. Sin ir más lejos, Ann Leckie se llevó el año pasado el premio Hugo por su novela Justicia Auxiliar, una novela con un tratamiento fluido del género y la identidad del individuo. Además, algunos de los fenómenos de ventas más recientes a nivel global lo han sido gracias a la popularidad entre el público femenino, como pueden ser las sagas de Los Juegos del hambre, Legend y Divergente, que a pesar de ser un tanto menospreciadas por la autoproclamada élite por su contenido romanticón, han llevado temas propios del cifi a millones de lectores/as.

Personalmente como lector me gustaría ver una representación de identidades variada dentro de la ciencia ficción. La exclusión sistemática de personajes homosexuales de la narrativa en pleno siglo XXI canta cada vez más. La cifi necesita de esa diversidad para dotar a sus historias de personajes más humanos que pueblen sus maravillosos mundos y que sean coherentes con la realidad que vivimos como sociedad. Si la ciencia ficción tiene un papel que jugar en este proceso hacia la igualdad es precisamente reflejar el mundo en el que vivimos, no ignorarlo.

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