No alimentéis al troll.


Soy un orgulloso miembro de la hornada del 85, una generación que ha vivido en primera persona la expansión de internet por los hogares españoles durante sus años mozos, y que ha sido conejillo de indias para cosas tales como MySpace —¿os acordáis de cuando MySpace era relevante y no solo un coto de caza para pederastas? — o el famoso chat del Messenger —que noches... más raras, hasta el glorioso advenimiento de Youtube, Facebook, Twitter, Tuenti, Instagram, Flickr, Youporn… En general internet ha supuesto —en mi más modesta opinión de ser humano con opinión— una mejora para nuestras vidas. El acceso a tal caudal de información nos ha hecho más libres, si bien todavía nos falta dominar las herramientas para poder procesar toda esa información. 

En el ámbito de la cultura, y en especial de aquellos productos cuyo consumo no es masivo, internet ha hecho del mundo un lugar menos solitario. Cuando yo tenía 12 añitos —Dios, ha pasado tanto tiempo, ¿por qué no me matas ya señor? ¡Llévame contigo! — si te gustaba algo tan peculiar como el Anime japonés y vivías en un pueblo, no era sencillo tener acceso a series o películas fuera de las que se emitían en televisión, y encontrar con quien compartir esa pasión era a veces difícil. Hoy en día, sea cual sea tu pasión privada, tienes una comunidad enorme de personas que comparten tu mismo amor por las mismas cosas y con quienes puedes comunicarte sin importar en que punto de la geografía de encuentren. Y esto es algo hermoso.

Pero toda rosa tiene sus espinas, y con la masificación de internet hay una figura que también ha crecido en presencia en la red; el troll.

Los trolls han existido incluso antes de que la palabra misma se empezara a emplear para definir aquellos individuos cuyo comportamiento ante la pantalla de un ordenador roza lo psicótico. El hecho de que el acoso en la red haya empezado a llamar la atención incluso de los medios de comunicación no quiere decir ni mucho menos que sea algo nuevo, solo que el megáfono que estos elementos emplean se ha hecho más grande.

También la atención que reciben por los mismos usuarios que suelen sufrir el abuso ha cambiado. Se ha vuelto algo normal ver a gente responder a los ataques maliciosos a través de las redes sociales. En vez de centrarnos en seguir compartiendo información relevante y crear contenido, disfrutar, en resumidas cuentas, de este gran patio de colegio que es internet, nos dejamos arrastrar por el matón de turno hacia su juego sádico. Les cedemos nuestros muros para darles una relevancia que no merecen. Con la honesta intención de denunciar estas actitudes les estamos dando lo que estos seres más ansían; nuestra atención y la de todos nuestros contactos. Es una putada, ¿verdad? Porque si no denunciamos los abusos que se comenten contra nosotros el abusador gana, pero a la vez si dejamos de emplear nuestros perfiles en las redes para expresarnos libremente y en vez de eso nos dedicamos a lamentarnos amargamente de como de cruel es internet, del daño que nos hacen, les estamos dando publicidad y también ganan. 

En un pequeño porcentaje puede tratarse de una persona enferma que nos desea mal de forma directa, y en ese caso es bueno saber que la ley está ahí para que hagamos uso de ella. Pero sinceramente en la mayoría de casos no se merecen la más mínima atención. Muchos trolls son gente que vive recluida en una vida solitaria e infeliz, y que utilizan internet como recurso desesperado para ser escuchados, para atacar todas aquellas opiniones que no coincidan con la suya, o para alimentarse del dolor que infligen a los demás. Quieren robarte tu tiempo y atención. Es posible que te odien por ser o tener algo que ellos no son ni tienen. O simplemente no les gusta saber que eres un ser humano de puta madre y tienes gente que te quiere y te escucha y ellos no lo serán jamás. En cualquiera de los casos, la mejor defensa puede ser simplemente silenciar o bloquear al gilipollas en cuestión y seguir con tu vida sin dejar que nadie la controle por ti. 

Tanto en internet como en la vida real tienes que saber protegerte, envolverte con un capullo —que hermosa palabra— pero nunca hermético. Deja que entre solo aquello que tú quieras que entre en tu espacio personal y deja la negatividad y el odio fuera. A diferencia de la vida real, la red es un entorno sobre el que podemos ejercer un control mayor sobre aquello que nos llega. Tenemos más filtros y mecanismos de defensa y hay que saber utilizarlos sin miedo. Estamos aquí, tecleando ante una pantalla, para conectar con gente, personas con las que nuestras pasiones, nuestras dudas y nuestras vidas resuenan y se complementan, de las que podemos aprender a través del dialogo sincero, de igual a igual. Internet no existe para que nos gritemos unos a otros, o para que nos enfrasquemos en peleas infantiles que no conducen nunca a ningún sitio.

Tampoco trato de decir que haya que ignorar el hecho de que internet es un lugar donde se producen abusos diarios hacia individuos en base a su género, sexualidad, raza o simplemente por sus ideas. Si alguien encuentra liberador el postear en su blog o perfil social de forma periódica para denunciar a los trolls, perfecto. Si te ayuda a mantener una buena salud mental eso es lo que tienes que hacer. Pero si realmente el odio que algunos escupen en la red te afecta profundamente, tal vez deberías centrarte en aquello que te aporta felicidad e ignorar todo el ruido sinsentido que nos rodea. 

Así que proteged vuestro espacio personal, no lo cedáis a nadie que no queráis, sed buenos los unos con los otros y jamás le deis de comer a un troll. Y jugad sin miedo en este maravilloso patio de recreo, no hay nada que cabree más a un matón que saber que no puede convertirte en una víctima más.

UPDATE: Por cierto, nada que ver con el tema, pero muy recomendable la peli Troll Hunter ;)

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