Ser escritor es como tener deberes cada noche para el resto de tu vida.


La frase la dijo en su día Lawrence Kasdan, co-guionista de películas como En busca del arca perdida, El imperio contraataca y El retorno del Jedi. Últimamente he estado pensando en el sentido de esta frase y en qué hace que un escritor sea bueno en el sentido más amplio de la palabra. Creo que se requiere un conjunto de habilidades. No basta con ser bueno con el lenguaje, también tienes que dominar la construcción de historias y la narración. Necesitas ser capaz de crear personajes con los que el público pueda empatizar, erigir mundos complejos y escribir diálogos con voz propia. Es muy difícil encontrar autores que dominen todos los aspectos de la narrativa a la perfección, siempre hay algún elemento en el que cualquier autor, incluso los profesionales, flojea. La conclusión a la que he llegado en base a lo poco o mucho que he leído a lo largo de mi vida, a escribir y frustrarme mucho es que escribir es una de esas actividades en las que uno no deja de aprender y mejorar durante años y años. 

Cuando leo textos míos de hace un par de años, antes de apuntarme al taller de escritura de l’Escola de lletres de Tarragona o embarcarme en el proyecto de Sueños de acero fundido, me doy cuenta de lo mucho que he mejorado y de lo poco consciente que soy de ello. Y aun así, sé que apenas he empezado a dar un par de pasos temblorosos en este mundillo. Todavía soy víctima de los días en que todo lo que escribo me parece haber salido del esfínter de un vagabundo; apesta y tiene poca consistencia. Por curioso que resulte, son esos días los que me motivan más para escribir. Saber que no eres perfecto en algo que haces representa un reto y te empuja a crecer. Soy un vago redomado, así que si algo es fácil o no supone ningún reto, lo acabo posponiendo en favor de tirarme en el sofá a ver un capítulo de Juego de Tronos.

Mi primera novela, Pandora despierta, supuso una prueba de fe. Demostrarme a mí mismo que podía sentarme a escribir, empezar una novela y terminarla. Cuando trabajas un cierto tiempo en algo, es fácil que acabes dándote de cabezazos contra el teclado, sobre todo porque lo más normal es que, a la vez que escribes, leas también el trabajo de otros autores mejores que tú. La duda siempre se cierne sobre uno y muchos acaban tirando la toalla y dejando manuscrito tras manuscrito sin terminar. Pero leer una buena novela es también fuente de motivación. El mundo está plagado de buenos libros, obras que tratan los mismos temas que tú quieres plasmar en tus textos y lo hacen maravillosamente bien. Así que si quieres que tu obra llame la atención de la gente, que te lean, más te vale dejarte el culo en ello. El deseo de mejorar es una parte esencial en esto de juntar letras, si crees que puedes sobrevivir escribiendo el mismo libro una y otra y otra vez… bueno, hay gente que le funciona, pero estás jodido si crees que eres EL ELEGIDO. 

Desde que sigo el mundillo de las letras he apreciado que existen dos fenómenos bastante recurrentes entre los autores. El primero es el del autor que publica su primera novela esperando que el mundo se renda a su innegable talento natural. Hay un 1% de autores que logran el ansiado éxito con su primera novela, así que, por pura estadística tú y yo pertenecemos con toda probabilidad al 99% restante. El segundo fenómeno es el del autor que a partir de su quinta novela parece quedarse estancado y simplemente deja de ofrecer nada nuevo a sus lectores. En los dos casos, al tener que afrontar la realidad, uno puede acabar tan frustrado como para clamar a los cuatro vientos (es decir, a través de Facebook) ‘’joderos todos si no me leéis, panda de analfabetos’’. Estos dos caminos son tan validos como cualquier otro, la verdad, si funciona para ti adelante. Pero yo no aspiro a seguir ninguno de los dos. No quiero escribir un libro genial y que el mundo se rinda ante mi talento, lo que quiero es escribir veinte libros buenos. Mi esperanza es que cada libro mío que salga al mundo sea mejor que el anterior y peor que el siguiente, mejorar mi destreza y con un poco de suerte conseguir que los lectores me acompañen en el viaje. 

Me he metido en esto para crecer como escritor. Quiero ser jodidamente bueno y para ello sé que tengo que trabajar duro y durante mucho tiempo. En mi caso, yo no tengo el talento natural de algunos, así que tengo que trabajar mucho más duro por lograr mis objetivos. De eso trata aprender, es el largo proceso de desentrañar los misterios de una actividad, ya sea la escritura o la cocina, de verla desde cuantos más puntos de vista mejor, y luego meterse en el fango y ponerse a ello. La práctica es mucho más importante para un escritor que el simple talento. No todos podemos tener un éxito nada más empezar y, honestamente, estoy agradecido por ello. He aceptado que nunca dejaré de aprender, que cada libro será un nuevo reto, no por el simple hecho de escribirlo, sino de mejorar cada una de sus partes. Es una tarea sin final. Que a la gente le haya gustado tu último libro no significa que vayas a escribir libros que la gente quiera leer siempre. Lo que era suficiente para tu último libro, puede que no baste para el siguiente, o el que escribas dentro de cinco o diez o veinte años. 

La escritura es un proceso constante. Quiero escribir libros que la gente disfrute, que les haga girar página tras página sin pensar en nada más que en lo que leen, que recomienden a sus amigos una vez terminados. Para poder hacerlo tengo que trabajar, no solo en lo que estoy escribiendo ahora mismo, sino en lo que vendrá después. No hay una cima a la que llegar, ningún éxito que signifique que ya lo has logrado, solo existe la escalada. 

Estás solo tú y tu próximo relato, la próxima novela.




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