LA VOZ DE SU AMO


La conexión que se establece entre una mascota y su amo es profunda. Un dueño atento sabe interpretar cuando el comportamiento de su animal indica que alguna cosa no va bien. Stella lo sabía, por eso cuando su humano no se levantó aquella mañana de su cama como cada día para darle de comer, la perra entendió de inmediato que algo malo sucedía. 


Llevaba días olfateando un ambiente nervioso en toda Barcelona. Los humanos mostraban comportamientos erráticos, algunos se tumbaban en el suelo para no volver a levantarse, otros corrían agitados, algunos se apiñaban violentamente y extraños, cuyos olores ella no había sentido nunca, no paraban de llegar a la ciudad. Lo que más le preocupaba, no obstante, eran los aullidos de otros perros que por la noche se oían entre el coro de gritos. Así que aquella mañana, tumbada en el suelo del dormitorio de su mascota humana, Stella decidió que lo que le sucedía a él tenía que estar a la fuerza conectado con todo lo demás. 

Los perros detestan la costumbre del hombre de otorgar nombres estúpidos a las cosas, pero aun así ella había decidido darle un nombre a su animal, como muestra de agradecimiento por su servicio y lealtad. Es difícil traducir el lenguaje perruno al nuestro, demasiados matices que se pierden en el torpe vocabulario de las personas. La palabra más semejante al nombre de su humano, al que los otros llamaban Pablo, era Trucha. El olor que desprendía era fácil de percibir incluso entre el perfume a alcantarilla de Barcelona. 

A pesar de que ella se lamentaba de la incapacidad de las personas para abandonar su comportamiento irracional, sobre todo esas costumbres tan asquerosas a la hora de alimentarse, para ella Trucha era diferente a los demás. Era muy poco habitual que él se olvidara de prepararle el desayuno. Desde siempre, él había mostrado una dedicación absoluta para con la necesidades de la perra. Por eso ahora estaba confundida, observando el irregular vaivén de su respiración, el tiritar de su cuerpo cubierto por una fina tela blanca. El pobre estaba empapado en sudor y no paraba de dar vueltas en la cama. La habitación olía a heces, sangre y algo más, y Stella temía que hubiera comido alguna planta venenosa o bebido del retrete equivocado. La pobre bestia era incapaz de cuidar de sí mismo, sin ella para ayudarlo.

De pronto, la respiración del hombre se detuvo, puntuada por una exhalación profunda que volvió la atención de Stella al presente y a su animal. Parecía que por fin Trucha se había tranquilizado. Tal vez sus temores eran una exageración. Poco después, como si alguna cosa lo hubiera asustado, se alzó de la cama y se quedó de pie, quieto, rígido. Parecía estar escuchando, olfateando. Ella sabía que eso era imposible, los humanos aún no habían aprendido a utilizar los sentidos más complejos, confiaban tan solo en sus limitados ojos para moverse por el mundo. Pero alguna cosa indudablemente había captado su atención. Moviéndose torpemente se dirigió a la calle. Ella lo siguió, pensando que su animal se había dado cuenta del descuido que había tenido y deseaba compensarla de alguna manera.

Sorprendentemente, él no le preparo su comida, sino que se limitó a caminar desorientado adentrarse entre las estructuras silenciosas de la ciudad. Había empezado a llover suavemente y el olor a asfalto mojado era embriagador. La preocupación de Stella se acrecentaba con cada paso que daban. Las personas temían a la lluvia por naturaleza y la evitaban a toda costa. Pero el humano parecía insensible a las gotas de agua que le golpeaban. Ella caminaba detrás de él, siguiendo su paso lento y cansado con dificultad. Intentaba mantener su concentración en él, pero cada dos por tres olores insólitos llegaban a su hocico reclamando su atención. 

Stella se detuvo para oler un charco de sangre fresca y el cuerpo de una humana vieja yaciendo a su lado bajo la lluvia. Se distrajo tanto oliendo el lugar donde sus entrañas habían sido arrojadas, que casi le perdió de vista. Siguieron adelante y más humanos tumbados y más sangre aparecieron en su camino. ‘Esto no está bien’ pensó. Podía oler el aroma a humo también, empacando el ambiente, a madera quemada no muy lejos delante de ellos. El humo siempre significaba peligro así que intentó alertar a Trucha ladrando, corriendo a su alrededor para hacerle entrar en razón. Sus intentos parecían ser baladís. Él parecía estar siendo atraído por algo. 

En un intento desesperado de despertarlo de su trance, le mordió en la pantorrilla. Ella odiaba tener que castigarle, pero sabía que era por su propio bien. Sus dientes se hundieron en la carne y de las heridas emanó un líquido negro y amargo. Stella tuvo que retirarse al sentir el asqueroso pringue bajar por su garganta, quemándola. Vomitó y tosió y se restregó por el suelo. Cuando pudo recuperar el control sobre sí misma, vio que Trucha ni tan siquiera se había detenido. Para sorpresa de la perra, él seguía avanzando, dejando un rastro negro a su paso. Decidió seguirlo a distancia, para descubrir el origen de la determinación de su mascota.

No tardaron en llegar a un pequeño parque con una extraña construcción en medio de la misma. Había visto este lugar antes. Era una especie de casa grande apartada de la ciudad. Había visto hombres vestidos con ropas ridículas caminar entre sus muros, murmurando canticos desafinados Probablemente era una especie de cárcel. Ahora estaba en llamas y el olor a carne quemada era más fuerte aquí. Trucha se detuvo. Stella se adelantó y se interpuso entre él y el fuego, para proteger al ofuscado animal de su propia inopia. Delante de ellos había más gente tumbada en el suelo, algunos con partes de sus cuerpos separadas, algunos calcinados hasta los huesos. Algunos de ellos solo eran crías. 

De entre los árboles que rodeaban la construcción surgió un grupo de personas que parecía estar huyendo del fuego y algo más. Stella percibió que estos humanos, a diferencia del suyo, eran salvajes. Los humanos que no vivían bajo el cuidado y protección de los perros solían desarrollar comportamientos violentos e indeseables. Ella les mostro sus dientes a modo de advertencia, preparada para defenderle. Al ver a las personas, él enloqueció y se lanzó a por ellas. La perra se asombró de ver a su débil mascota defender su territorio tan ferozmente. Una mujer gritó al verlo acercarse. Trucha se abalanzo sobre ella y le mordió en la cara, arrancándole una tira de carne ensangrentada. Stella sintió un orgullo repentino al verle cazar solo. Era extraño, no obstante, que mostrara tal apetito por la carne de otras personas. Por lo que sabía, la carne humana tenía un sabor insulso en comparación con la de otros animales. Cuando volvieran a casa debería enseñarle a escoger sus presas mejor.

Para Trucha, no obstante, la carne y las entrañas de aquella mujer parecían ser un manjar delicioso. Tan abstraída estaba viendo a su humano alimentarse a la manera tradicional, que tardó en ver como un hombre blandía una especie de palo metálico sobre la cabeza gacha de su mascota. Ella ladró espantada y corrió hacia el hombre. Cuando este se disponía a golpearle en la cabeza, ella saltó y apretó su boca contra el antebrazo del hombre, que lanzó un alarido de dolor. Trucha lo vio y, con una agilidad antinatural, le mordió en la garganta, desatando una fuente de sangre roja y espumosa.

El resto de humanos gritaron asustados. Stella los miró desafiante. Trucha era su responsabilidad y no dejaría que nadie, salvajes o no, le hiciera daño o interfiriera en su educación. Ellos parecieron sentir la ferocidad de la perra, ya que echaron a correr y se perdieron entre los árboles. Ella se quedó un buen rato quieta, cerca de su humano, mientras este se alimentaba de los dos cuerpos. Se sintió colmada de felicidad al ver que por fin Trucha había abandonado sus malas costumbres humanas y había aceptado seguir el ejemplo de su dueña.



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