EL SUEÑO DEL CLON


Me he vuelto a encontrar conmigo mismo hoy. Ha sido muy desagradable. Incluso más que las otras veces. Estábamos embutidos al final del autobús, muy cerca el uno del otro. No he sabido qué hacer, si continuar como si no lo hubiera visto o bajar en la primera parada y coger el siguiente bus. Pero nuestras miradas ya se habían encontrado y además, estoy harto de vivir con miedo de encontrármelo cada vez que salgo de casa. Barcelona también me pertenece, tengo derecho. O sea que me he limitado a sonreírle, embutir mis manos en los bolsillos y confiar en que el conductor se saltara un par de paradas para poder llegar antes a destino. 


Como siempre, algunas personas se han dado cuenta y nos han mirado sorprendidos. He escuchado el rumor habitual y he bajado la mirada hasta los pies avergonzado. No es sólo que nos parezcamos mucho. Él y yo somos como dos retratos de la misma persona, no hay ni un solo detalle que nos distinga. Incluso tenemos el mismo gusto a la hora de vestir. Me he pasado noches en vela meditando si debería afeitarme la barba, dejarme el pelo largo o raparme la cabeza, o quizás retocarme la nariz con ayuda del bisturí. Pero, ¿por qué debería ser yo quien renunciara a su identidad? 


Cada vez que lo veo un escalofrío me recorre la espalda y me arrepiento al instante de haber participado en aquel estudio del genoma humano. Es como mirarme en un espejo en tres dimensiones. Los mismos ojos verdes timoratos, el mismo matorral de pelo rizado negro y despeinado, la misma cicatriz en forma de uve en el pómulo de cuando nos caímos de la bicicleta de pequeños. Es una pesadilla.

En el autobús él no estaba solo. Iba con una chica. Y no cualquier chica. Aquella chica es amiga mía, o al menos lo era antes de que él apareciera. Cuando mis amigos lo conocieron, hubo quien dijo que él era ligeramente diferente. Un poco más listo, más culto y divertido. Me pareció indignante, ya que compartimos ADN. Pero él parecía más seguro de sus ideas y más centrado. Poco a poco me empecé a sentir dejado de lado. Aunque teníamos el mismo cerebro, las mismas habilidades y los mismos puntos de vista, su manera de expresarse era carismática, vívida y cautivadora. A ella especialmente la deslumbró. El muy desgraciado no dudó en hacérsela a la mínima oportunidad.

Cuando me enteré, fue la gota que colmó el vaso. Yo no lo sabía entonces pero estaba enamorado de ella. No me di cuenta hasta que los vi juntos. Me había robado el amor de mi vida delante de las narices y ni siquiera me sentía con derecho de enfadarme con él. Al fin y al cabo somos la misma persona. Él se intentó disculpar, pero desde entonces nada ha sido igual. Esta mañana al verlo en el bus con ella, besándola y haciéndola reír de una manera que yo no había visto antes, se me ha pasado por la cabeza que yo podría haber sido él y hacerla reír y besarla como hace él. Pero claro, eso supondría renunciar a ser yo mismo.

Y es esta verdad amarga la que me mantiene despierto por las noches. ¿Cómo lo ha hecho? Tenemos la misma cara, los mismos recuerdos y experiencias, lo que quiere decir que tenemos el mismo potencial para hacer que ella se enamore de nosotros. ¿Por qué yo no lo había conseguido? ¿Simple azar? Cuando el bus finalmente ha llegado a mi parada, los he visto bajar juntos. Él le ha pasado el brazo por la cintura y la ha acercado hacia él mientras se alejaban caminando entre la multitud de gente atareada. 

Las puertas se han cerrado, el autobús se ha vuelto a poner en marcha y yo me he quedado mirando mi imagen reflejada en el cristal de la puerta.


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