CUERPOS FRÍOS



Todos estamos hechos de rojo. Cada vez que explotamos, inundamos el mundo de rojo. Este pensamiento se repite cíclicamente en mi cabeza como una grabación rota. Mis sentidos se vuelven a ajustar a la realidad de uno en uno, muy lentamente, como los de un recién nacido. Tardo en entender lo que ha pasado. En aceptarlo.


La pistola me quema en la mano. No es que su acero desprenda un calor excesivo, es más como si mi cuerpo rechazara su tacto con todas sus fuerzas. Las orejas me pitan y el olor a pólvora me provoca arcadas. Siento el cuerpo incierto, mis extremidades rígidas y pesadas son como anclas que me atrapan. La sangre se me espesa en las venas, lo noto. Con el frío que hace respirar es como tragar un puñado de agujas. 

Bajo lentamente la mirada hasta el punto exacto de la habitación donde una fina columna de humo blanco se eleva danzando para mí. Está muerta. Creo. Al menos todo lo muerta que puede estar una persona después de sufrir una fuga masiva de masa encefálica a través del cráneo por aquí, aquí y aquí, y algo más por allí, oh, y mira, sobre la mesilla hay un trozo enorme, parece una buena hamburguesa de ternera poco hecha ... qué hambre de repente. ¿No es extraño? Necesito dormir un poco. Las últimas semanas han sido muy estresantes. Pero lo primero es lo primero y un cadáver desnudo en mi dormitorio entra directamente al número uno de la lista de cosas por hacer. 

La observo con detenimiento. Aunque con el tiempo me he ido habituando a la muerte que me rodea, ver el cadáver de alguien conocido es siempre diferente. Más íntimo. Su cuerpo dibuja una cabriola inverosímil en el suelo, con los brazos aprisionados debajo del torso y la cadera elevada. No puedo evitar mirarle los pechos. Siempre ha tenido unos pechos preciosos, redondos y firmes. Imaginármelos fríos y sin vida me llena de pesar. Había una vez un tiempo en el que aquella chica fue el amor de mi vida. Ella era como unos pantalones hechos a medida, me quedaba bien sin hacer el más mínimo esfuerzo. Ofelia era la clase de chica que hacía arder el aire a tu alrededor cuando la mirabas.

Los meses, sin embargo, que las cosas habían ido de mal en peor. Ya se sabe, las relaciones son complicadas. La rutina, el agotamiento y las circunstancias acaban atrapándote tarde o temprano. ¡Ah! y luego estaba lo de haberse tirado a dos de mis mejores ex-amigos. A pesar de todo, yo seguía enamorado, que le voy a hacer si soy así de imbécil. Y más desde que el mundo se había ido a la mierda. Ahora ella está muerta, muy muerta, goteando sobre mi cama. Este es el mundo en el que vivo.

Me doy cuenta de que estoy aguantando la respiración, esperando oír el ruido de las sirenas en la calle de un segundo a otro. El corazón me late tan fuerte que me empieza a doler la cabeza. De momento nada. Tampoco oigo pasos en el rellano de la escalera, más allá de la puerta.

Idiota, ya no queda nadie en el edificio y hace días que no ves a nadie en la calle. Concéntrate.

Voy hasta la cocina y abro la nevera y cojo una cerveza que me bebo casi de un trago. Mucho mejor. Necesitaré estar muy borracho para lo que vendrá. Sigo escuchando en la oscuridad, esperando. Nada, todo es silencio excepto por un repicar metálico. Tardo un par de minutos en darme cuenta de que el ruido proviene de la pistola golpeando contra el mármol de la cocina. Me tiembla la mano. Veo una mancha de sangre formándose en la manga derecha de mi camisa. La tela se me ha adherido a la herida en forma de mordisco, el último regalo de amor de Ofelia. No me queda mucho tiempo. 

Dejo la lata de cerveza vacía y la pistola sobre la encimera y vuelvo al dormitorio a echar un vistazo. Ofelia no está. Sólo queda un olor a pólvora, sudor y algo más, y un rastro de sangre a través del pasillo que llega hasta la puerta del baño. Oigo unos gemidos apagados. Mierda. El cerebelo, pienso. No te puedes fiar de un cadáver en los tiempos que corren. 

En el comedor me abro otra cerveza y examino el tupperware donde antes guardábamos la ropa de invierno y que tuvimos que convertir en un arsenal improvisado cuando se desencadenó el jodido apocalipsis. 

A ver qué tengo para ti... 

Las opciones son muchas, pero el sentimentalismo aún latente me obliga a elegir con cuidado la herramienta esta vez. Al fin y al cabo, si fuera al revés, me gustaría ser tratado con una mínima consideración. El hacha parece la elección más obvia, pero sin embargo es también muy impersonal, demasiado mainstream y sin alma. La escopeta que encontramos en aquella casa dos calles más abajo me seduce con su cañón reluciente, pero no estoy de humor para ella. Indeciso y algo alterado, remuevo todas las armas que hemos ido reuniendo a lo largo de las semanas y casi me doy por vencido. 

Y entonces lo veo. Tenía que ser eso, claro. Apoyado contra el sofá está mi bate de cricket, un regalo de navidad de Ofelia. Rodeo el mango con los dedos y lo aprieto fuerte. Su hoja esta astillada y manchada de sangre seca, pero aún conserva su vigor original. 

-Qué cojones... -me digo y vuelvo al pasillo. 

La puerta del lavabo expulsa unos ruiditos de respiración pesada. Agarro el pomo y lo giro despacio. Noto como al otro lado de la puerta ella se agita. Abro la puerta de golpe y la veo sentada en el suelo, apoyada contra la bañera, con el cuerpo empapado en sangre y con un agujero en la cabeza del tamaño de una mandarina. La muy puta se tira a por mí desesperada. Más por instinto que por otra cosa bateo de izquierda a derecha y le pego en la cabeza de lleno, arrojándola contra el espejo del lavabo, que se rompe en pedazos que le caen encima. Me aparto un poco y veo que el cráneo se le ha ovalado ligeramente. Pero todavía se mueve o sea que inspiro tan fuerte como puedo y le vuelvo a golpear en la cabeza de arriba abajo, esta vez abriéndosela como una sandía madura. La explosión salpica las paredes y el suelo de sangre, pero menos de lo que me esperaba. Ella cae a plomo al suelo, temblando por los espasmos derivados del trauma. Yo me dejo caer de rodillas y me la quedo mirando un buen rato. 

-Siempre has sabido qué regalarme por navidad, cabrona -le digo al cadáver por fin muerto de Ofelia. 

En el comedor me tumbo en el sofá y me animo con la ardua tarea de aniquilar mis sentidos a base de altas dosis de alcohol. Arraso con cada botella y lata que nos queda antes de que llegue el cambio, hasta que victorioso logro perder el conocimiento. Justo antes de caer en la oscuridad más absoluta, mi último pensamiento humano es para ella.

No hay comentarios:

Publicar un comentario