CONVERSIÓN


El corazón ya no le late y eso le pone nervioso. No se habría imaginado nunca como de vacío y desnudo se podría llegar a sentir sin el ritmo inconstante y pastoso de ese músculo tan frágil. Tiene los ojos bien abiertos pero se descubre incapaz de ver nada. Solo una negrura tan sólida que ni dios en todo su poder sería capaz de llegar hasta él. Ha caído sin ni siquiera tocar el suelo. Siente el cuerpo incierto, sus extremidades rígidas y pesadas son como anclas que le atrapan y sus pulmones, secos, son incapaces de reclamar ni un solo gramo de aire más. La sangre se le espesa en las venas, lo nota, y la tristeza de sentir la vida escurriéndosele entre los dedos de las manos es bastante como para hacer brotar lágrimas polvorientas de sus ojos negros.


Ha muerto, pero eso no le preocupa en exceso. Lo que le aterroriza es lo que inevitablemente sigue a la muerte. La luz. Una luz cegadora y gélida toma posesión de él. Un pulso eléctrico se arrastra por su piel y le hace recuperar una cierta sensibilidad velada. Y se alza. Se alza deseando haber muerto solo unos días antes, cuando la muerte aún conservaba su ancestral solemnidad.

El mundo se vuelve a trazar ante él con una paleta de colores grises que le arranca la belleza cotidiana. Las sombras dejan paso a figuras cinéticas y entonces la ve. Una chica. Una chica joven y asustada. Es preciosa, aún puede apreciarlo, pero sus ojos tiemblan ante el horror presenciado. Es su hija, la recuerda a pesar de que su vida adquiere por momentos un regusto a déjà vu.

La chica sostiene una escopeta. La misma escopeta con la que iban a cazar los dos juntos cuando era pequeña. A ella nunca le había gustado disparar a un ser vivo, pero poner a prueba su puntería y las competiciones de tiro con su padre eran algunos de los recuerdos más bellos que tenia de su infancia. Ahora ella sostiene la escopeta como tantas veces antes, solo que esta vez quién se encuentra al otro lado del cañón es su padre.

Él intenta gritar pero los sonidos que emanan de su garganta le provocan escalofríos. Y también a su hija, que retrocede alejándose de él. El hombre alza los brazos, quiere demostrarle a su hija que aún la quiere, que a pesar de que se encuentran en bandos opuestos de la vida, ella sigue siendo su niña. Da dos pasos inseguros hacia ella. La chica grita, cierra los ojos y aprieta el gatillo.

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