¿CÓMO MATAR EL TIEMPO DURANTE EL APOCALIPSIS?


Relato incluido en la antología Show Me the Zombis. Descárgala gratis en: 

http://www.bubok.es/libros/230400/Show-Me-The-Zombies 

El aburrimiento es el virus más mortal que existe. Es el aburrimiento lo que nos impulsa a cometer estupideces. Es el aburrimiento lo que nos ha sacado a Sergio y a mí de aquel sótano asqueroso donde llevábamos semanas alimentándonos de comida enlatada y cagando en un rincón en la oscuridad. Y sobre todo es el aburrimiento lo que nos ha llevado a encadenar a un mordedor al soporte de una canasta de baloncesto en medio de un parque de Barcelona para jugar un partido de zombiball.


Dos años han pasado desde que el mundo se fue a tomar por culo sin previo aviso. Pero a juzgar por el estado de las calles uno diría que han sido décadas desde que los vivos abandonaron esta ciudad. Todo sucedió asombrosamente rápido en aquel entonces. Una mañana me estaba cepillando los dientes y preparándome para ir a currar y por la tarde le estaba pateando la cabeza a aquella compañera de trabajo tetona que tanto me ponía hasta partirle el cráneo. La plaga o la maldición, dependiendo de tus sentimientos hacia el todo poderoso, había acabado con siglos de civilización con sorprendente facilidad. La situación se había vuelto horrible para todos, excepto seguramente para los muertos, cuya aproximación a la nueva realidad raya lo zen. El miedo y la desesperación llevaron al caos en las grandes poblaciones, lo cual no hizo sino aumentar el número de mordedores rápidamente, en un orden natural bello en su simpleza. Y así es como Sergio y un servidor nos encontramos al final de la historia de la humanidad, matando el tiempo como buenamente podíamos. Como dos imbéciles como nosotros habíamos sobrevivido tanto tiempo se escapaba a mi comprensión.

Una cosa no ha cambiado en todo este tiempo: el olor. Ese olor a putridez tan característico de Barcelona sigue aquí, flotando en el aire. Tal vez ligeramente acentuado por el aroma que los cientos de miles de cadáveres que han tomado posesión de sus calles. Algunos tirados en el pavimento con sus cabezas cercenadas o reventadas. Otros, los menos afortunados, vagando de un lado para otro, gimiendo y arrastrándose en busca de algo que llevarse a la boca, preferiblemente un pedazo de carne humana fresca.

—Hey Carlos, mira esto —me dice Sergio mientras lanza el balón contra la cabeza del zombi, haciéndola rebotar y cogiéndola al vuelo para acabar la jugada con una bandeja a aro pasado. 

El zombi gime agitando los brazos en el aire y abriendo y cerrando la boca impotente. Por su aspecto demacrado es obvio que fue de los primeros en caer. La ropa que había llevado en vida, ahora nada más que pedazos de tela colgando de su árida silueta, me hace pensar que el muy infeliz había sido banquero o abogado, definitivamente uno de esos tíos con estilo y muy meticuloso con su aspecto. Me pregunto si en alguna parte de su putrefacto cerebro es capaz de ver la ironía de su situación.

Hace tanto calor que cuesta respirar. El cemento de la pista arde. El ritmo constante del balón y los gemidos de nuestro amigo trajeado es lo único que rompe el silencio sepulcral que envuelve la mañana. Le doy la espalda a Sergio en el poste alto. Finto, me cambio el balón de mano y suelto una bomba en la cara del zombi, esquivándolo justo antes de que me muerda. El balón entra limpio y me lamento de que el aro carezca de la red que hubiera enmarcado mi exhibición de fundamentos con su sonido característico.

—¡En tu puta cara! —le suelto al zombi, que me devuelve una mirada gris acompañada de una expresión vacía—. Dos puntos por encestar, uno por acercarme a nuestro amigo pálido aquí presente y 10 puntos por estilo, zorra.

—Te doy 8, has hecho pasos —replica Sergio.

—72 a 67. A pesar de que todos los jugadores profesionales están muertos o carecen de la coordinación para botar un balón, sigues siendo el peor jugador del planeta.

Sergio recoge el balón y me lo pasa para que saque. Lo boto con la mano izquierda y me lo paso por detrás de la espalda, pero Sergio me lo quita de las manos antes de poder encarar el aro. Entonces me quedo quieto, mirando más allá del límite del parque. Sergio ve la expresión de mi cara y sigue mi mirada. Una horda de caminantes asoma por la calle circundante al parque. Una docena, seguramente atraídos por los gemidos de nuestro amigo y compañero de juego.

—¿Quieres que nos larguemos? —pregunto.

Sergio deja el balón en el suelo y se seca el sudor de la cara con la camiseta.

—No hay prisa, aún tenemos unos minutos antes de que lleguen aquí.

Sergio reinicia el partido, bota el balón más allá de la línea de tres puntos yendo de izquierda a derecha hasta que en un instante explota a correr hacia el aro, cogiéndome con el paso cambiado. El muy cabrón me tira un caño y por cómo se mueve veo venir lo que va a hacer. Agarra el balón con las dos manos, marca los pasos enérgicamente y le clava un mate en la cara al zombi, tirándolo al suelo.

—Falta personal en ataque —le grito.

—Vamos hombre, no me jodas. Él no la ha pitado.

—Míralo, lo has tirado al suelo de forma rastrera.

—Dos puntos por encestar, 3 por patearle el culo y 10 por estilo.

—7 por estilo, casi ni llegas al aro.

Busco con la mirada el balón y veo que ha salido de la pista rodando hasta dar con los pies de uno de los primeros zombis de la horda en llegar, un tipo gordo y bajito que me mira con gula, o lo que sea que sientan los zombis antes de comer.

—¿Nos puedes tirar el balón? —le digo, sin mucha fe en que cumpla con mi petición.

—Te toca a ti irlo a buscar —me dice Sergio.

No me hace ni la más mínima gracia ir a buscar el balón, pero Sergio tiene razón, me toca a mí. Así que me acerco al petate que descansa tirado en el suelo a unos metros de donde estamos y saco algo que he estado días esperando a poder probar. Una réplica de Anduril, la espada de Aragorn en 'El señor de los anillos' que rapiñe de una tienda friky cerca de Arc de triomf.

—Ahora vengo —digo y me dirijo hacia el gordo seboso.

—No podrás cortar el hueso con esa mierda —dice Sergio a mi espalda.

El zombi trajeado se pone a gemir como un desesperado, no sé si animándome a mí o a sus congéneres. Brando la espada en el aire y le doy un golpe certero al gordo, fallando miserablemente en mi intento de decapitarlo limpiamente. La espada solo consigue cortar la mitad de su cuello, dejando su cabeza medio colgando. Otro de los caminantes se lanza a por mí pero consigo ensartarle la cabeza.

—¿Qué te parece? —le grito a Sergio.

—Que se ha acabado el partido —me responde, recogiendo nuestras cosas.

Alzo la vista y veo al resto de la horda acercarse a la pista de baloncesto. Agarro el balón y salgo por piernas, alcanzando a Sergio en plena huida. Salimos del parque y nos escabullimos en el primer edificio abandonado que encontramos, aun discutiendo sobre quien ha ganado el partido.

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